Sa’îd ibn 'Uzman ha referido esto: Yo he oído decir a Dhû-l-Nûn:
«¡Guárdate de formar parte de los que se atribuyen indebidamente el conocimiento, o de los que desnaturalizan el renunciamiento, o también de los que se agarran a las practicas rituales!». Alguien le pregunto entonces: «¡Que Al-lâh te tenga misericordia! ¡Explícanos eso!» Y he aquí cual fue su respuesta: «¡No sabes pues esto! Si llamas la atención sobre ti en materia de conocimiento, cuando no has realizado absolutamente las verdades profundas, tú eres de los que pretende falsamente. Si se te atribuyes elogiosamente en el aspecto del renunciamiento una condición a la que eres inferior, tú la desnaturalizas. Y si vinculas tu corazón exclusivamente a las practicas rituales creyendo que serás salvado de Al-lâh gracias a ellas, en lugar que lo seas por Al-lâh a través del culto que le rindes, ni te agarras únicamente a estas practicas, en lugar de vincularlas a Aquel que dispone de ellas y que Se muestra bueno para contigo haciéndote el don».
Abu Ya’qub Ishâq ibn Ibrahîm al-Hawwâs ha referido esto: Yo he oído a Dhû-l-Nûn decir:
«¡Que el que se empeña en el camino que conduce a la vida futura, interrogue y consulte lo mas posible a los sabios, y que lo primero que pregunte, sea comprender porqué todas las cosas no pueden ser alcanzadas mas que gracias a la inteligencia! ¡Desde el deseo de servir a Al-lâh, trata de comprender que servirás, y entonces Lo servirás!».
Yûsuf ibn al-Husayn ha referido esto: Yo he oído a Dhû-l-Nûn hacer la recomendación siguiente a un hombre que le había pedido consejo:
«¡Que las cosas a las que tu des preferencia y que te serán las más queridas, sean cumplir perfectamente lo que Al-lâh te ha impuesto y preservarte de lo que te ha prohibido! Porque de lo que Al-lâh te ha hecho un deber es lo mejor para ti y vale bastante más que los actos piadosos que tú te eliges sin estar obligado, pensando que ellos realizan de una forma mas eficaz lo que tu deseas, coma es el caso para el que se castiga en media de la pobreza y de las privaciones. La única cosa que debe importar al servidor, es observar constantemente sus deberes de obligación estricta, cumpliéndolos de una manera perfecta y según todas las reglas, y considerar con atención lo que le ha sido prohibido, de forma a preservarse lo mejor posible. Hay una cosa que separa de su Señor a los servidores, que les impide saborear el dulzor de la fe y realizar la verdadera sinceridad, y que separa sus corazones de la visión de la vida futura y de lo que Al-lâh ha preparado para Sus amigos y para Sus enemigas, coma si tuvieran este espectáculo bajo los ojos. Y esta cosa, es que ellos descuidan la importancia del perfecto cumplimiento de las obligaciones que Al-lâh ha impuesta a sus corazones, a sus oídos, a sus vistas, a sus lenguas, a sus manos, a sus pies, a sus vientres y a sus órganos sexuales. Si ellos se consagraran a todas estas cosas y las cumplieran perfectamente, eso les llenaría de una piedad tal que sus cuerpos y sus corazones sufrirían de llevar el peso del magnifico socorro y de los clones generosos con los que se les gratificaría. Pero la mayor parte de los «recitadores del Corán» (qurrâ’) y de los ascetas (nussak', sin duda a tomar aquí en el sentido de «falsos devotos») han hecho poco caso del carácter infame de los pecados y han dado poca importancia a sus propios defectos, privándose así para mas adelante de la recompensa que será el gozo de los hombres de buena voluntad. ¡pide perdón a Al-lâh por lo que dices pero no haces!».
«La Corona del Islam» ha referido esta recomendación de Dhû-l-Nûn a su hermano Dhû-I-Kifl:
«¡Sé aquel que se describe como un hombre de bien,
pero no seas el que (solamente) describe el bien!».
Muhammad ibn al Husayn al Gawhrî ha referido esto: Yo he oído a Dhû-l-Nûn decir:
«El que sabe que tiene que presentarse ante Al-lâh para que Él le interrogue sobre lo que ha hecho en este mundo, está obligado a no dar la preferencia a lo que solo es poca cosa y miserable sobre lo que es magnífico y dado a profusión. No se debe dar la preferencia a la indolencia y a la negligencia sobre la y la diligencia. Y eso sobre todo si es de los que Al-lâh ha fortalecido por la perfección del saber y de los que Él ha fecundado la inteligencia por las pruebas que aporta la comprensión; no debería por tanto errar por las tinieblas de la despreocupación, coma hacen los ignorantes. Es sorprendente, de todo hecho sorprendente, que tales hombres puedan abandonar la obediencia a Al-lâh, complacerse en otra compañía que la suya, y poner su confianza en este bajo mundo, con todas sus vicisitudes y su multitud de azores, que los humilla siempre más, y que respetan todavía mas. ¡Y es sorprendente también que no se despierten de su entorpecimiento, para quitarse el collar de hierro que aprieta su cuello y desgarrar el velo de los vicios (literalmente: «de la herrumbre», rân; (cf. Corán LXXXIII, 14) que recubre su cuello!.
El mejor de los consejeros ¡hermano mío! es aquel que se encargara de ti en el camino y te dará la señal de partida, pero no aceptará de ti ni «mas tarde», ni «yo espero», ni «acaso», ni «eso se hará», porque jamás he visto tal actitud aportar otra cosa que el fracaso y la pesadumbre al que la adopta».
*Del libro La maravillosa vida de Dhû-l-Nûn el Egipcio
Editora Regional de Murcia
Fecha Original:03/11/2003
sábado, 28 de junio de 2008
viernes, 27 de junio de 2008
martes, 3 de junio de 2008
El tormento de un contrabajo
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En Primera Fila Entrega No 108
Estimados lectores:
A continuación presentamos la centésima octava entrega de “En primera fila”, una serie de publicaciones que les hacemos llegar, gracias a la gentil colaboración del
Lic. Luis Alberto Rosas.
Dos Razones para ir a San Martín
La marquesina actual del teatro San Martín de Caracas, exhibe dos extraordinarias ofertas para disfrutar de buen teatro venezolano: Segundo Padre, en su Sala Principal y El contrabajo, en la Sala TextoTeatro , sendas propuestas que hablan muy bien del intenso trabajo que los profesionales del arte escénico venezolano realizan amén de las dificultades de producción.
El Contrabajo
Patrick Süskind vuelve a la escena venezolana, esta vez de la mano de la agrupación Amarcord Teatro, bajo la égida de la primera actriz Maria Teresa Haiek, quien junto a su actor Jesús Miguel Das Merces, dan vida a la atormentada historia de un músico encerrado en su cápsula insonorizada, atrapado por la enajenante relación que lleva con su instrumento: el contrabajo.
La anécdota no nos es ajena, puesto que en 1998, gracias a la agrupación Skena, pudimos apreciar esta joya de la literatura universal de la mano del director Basilio Álvarez y el actor Giovanni Reali, quienes cosecharon grandes éxitos con la puesta en cuestión.
Sin embargo, la lectura que Haiek realiza nos muestra a este músico de la Orquesta Nacional alemana, dependiente de un sueldo y atrapado en sus disertaciones internas frente a su realidad, encarnado de manera contundente por el actor Jesús Miguel Das Merces. Un personaje construido desde el interior para conmover al público, sin necesidad de lo obvio, de la desesperación y del exagerado gesto que supondríamos podría caracterizar este tipo de personalidad. Por el contrario, Das Merces junto a Haiek, logran hilar fino la vida interna tan compleja de este carácter para enfrentarlo al espectador en una puesta en escena sencilla, coherente, limpia y sin ninguna intención más que la de llevar a escena de manera correcta un difícil texto que ya por su formato de monólogo invita a la distancia escénica.
Lo interesante de esta propuesta es que lo anterior no ocurre, todo lo contrario, el espectador acompaña a este hombre a través de sus relatos, de su soledad, de su deseo de consumar el amor sin que la relación con su instrumento se lo impida. Atrapa al público haciéndolo padecer la dependencia de un ser humano con un incómodo instrumento, que no solamente le brinda el modo de subsistencia al personaje en cuestión, sino que es su conexión con el arte y con el mundo exterior.
Es sin duda una característica innegable en los textos de Süskind, la necesidad de contar la vida de aquéllos que han decidido aislarse de la sociedad donde viven y construir personalidades que llegan a la patología con sus acciones, para terminar en ciclos interminables de encierro y cuestionamiento constante de lo felices o infelices que pueden llegar a ser con sus formas de vida.
Süskind nació en la localidad bávara de Ambach- Alemania. “Desde 1968 a 1974 estudió Historia medieval y moderna en Munich y Aix-en-Provence. Su primera obra fue un monólogo teatral, El contrabajo (1984), aunque el éxito le llegó con El Perfume (1985), que lo desveló como un gran narrador. Sus siguientes novelas La Paloma (1988) y La historia del señor Sommer (1991), narración ilustrada con dibujos de Sempé, no tuvieron el éxito de El Perfume. Actualmente vive una vida aislada al lado del lago Starnberger, en su ciudad natal.” (Tomado de: http://www.epdlp.com/escritor.php?id=2340
Sólida propuesta ésta que presenta Amarcord Teatro, que se perfila como una extraordinaria oportunidad para disfrutar de teatro de autor bien realizado, con una actuación sincera, veraz, que trasciende los estereotipos y se concentra en las transiciones emocionales de este difícil carácter, que llega a conmover de manera contundente al espectador cuando se identifica con el drama de este ser condenado por sí mismo a padecer la cárcel que su autor le creó. Aunado a la cuidada producción que lleva adelante Luis Alfredo Mancera.
En síntesis, aplaudimos, reconocemos y recomendamos ampliamente las dos propuestas escénicas que nos brinda el Teatro San Martín, más hoy en día cuando revisamos nuestra cartelera teatral y descubrimos la pléyade de espectáculos en serie que inundan los teatros de la ciudad, hay que sacar con pinzas las verdaderas propuestas artísticas, creativas, profesionales y realizadas con verdadera consciencia de arte teatral, respetando al público que paga por verlas y éstas forman parte de ese grupo. Sin lugar a dudas estas dos piezas dan un respiro a nuestra cartelera y a las cuales les auguramos los mejores resultados pues consolidan lo que realmente se denomina, a nuestro juicio: buen teatro.
L. A. R.*
Caracas, 1 de Junio de 2008
Comentarios: luisalbertorosas@gmail.com
* Egresado de la Escuela de Artes de la UCV (Mención Artes Escénicas. Cohorte 1999), actor, director, productor, docente universitario, Fundador y Presidente del Grupo Teatral Delphos.
lunes, 26 de mayo de 2008
"El Contrabajo"
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¿Qué puede hacer un actor o actriz solo en el escenario frente a un grupo de espectadores? ¡Pues actuar! He allí lo que ha hecho el joven Jesús Miguel Das Merces con el monólogo El Contrabajo(estrenado en Münich el año 1981) del escritor expresionista Patrick Süskind , bajo la dirección general de la actriz María Teresa Haiek con el grupo Amarcorteatro, presentado en la sala San Martín de Caracas el viernes 30 de mayo en su temporada 2008. Fue un trabajo escénico con una duración aproximada de una hora y diez minutos. Un tiempo que transcurrió con un discurso de un músico, específicamente un contrabajista o "funcionario público de la Orquesta Nacional" como bien se oye decir a lo largo del texto. La actuación de Jesús Miguel Das Merces se paseó por la amargura y la frustración de un hombre apasionado por la música con una vasta cultura en la materia cuya decepción es no haber trascendido con su arte en la eternidad aunado a la condena de no encontrar pareja, la capacidad histriónica del actor en proyección nos trasladó al mundo personal del protagonista masculino con una destreza medida y dosificada que dio por resultado un personaje acabado y en cónsona vinculación con el autor y la dirección escénica. El montaje fue muy digno. Sólo un actor, un texto o discurso y el público. En líneas generales, eso es la esencia del teatro occidental. Durante el monólogo la variedad de emociones se fueron colando lo que creó una malla comunicacional entre el público y el trabajo actoral. La dirección de Haiek estuvo concisa, sencilla y centrada en el hombre de treinta y cinco años, contrabajo de la "Orquesta Nacional" enamorado de una Mezzosoprano o tal vez de su propio instrumento hasta el punto de metamorfosearlo en su imaginación en una mujer voluptuosa de caderas. El trabajo discursivo estuvo repleto de matices y de imágenes lingüísticas. El texto fue coherente con su contenido y cohesionado en su relación oral-escrita.
Durante la (re)presentación se observó una investigación clara y exhaustiva en cuanto al repertorio musical que se utilizó, incluso se tocó unos acordes en el contrabajo. Aquí otro punto a favor del montaje, la dirección y el actor en cuestión se esmeraron en realizar una correcta ejecución parcial del instrumento.
Sólo puedo repetir que me pareció un montaje interesante en cuanto a la génesis del teatro como hecho artístico y socio cultural, sin dejar de apuntar la correcta y perfilada superación profesional en el campo de la actuación de Jesús Miguel Das Merces llevado por la veteranía y capacidad estética de María Teresa Haiek-
Hecho por: Bruno Mateo.
Ccs, 01 de junio de 2008
jueves, 22 de mayo de 2008
El contrabajo de la Haiek

Artes escénicas y literatura venezolanas /Informaciones y críticas /E.A. Moreno-Uribe
Thursday, May 22, 2008
Durante las dos últimas décadas hemos visto tres montajes caraqueños, bien diferentes entre sí, gracias a Dios, del monólogo El contrabajo, del alemán Patrick Süskind (Ansbach, 26 de marzo de 1949). El primero, de legendaria factura e inolvidable por todo lo que ahí se mostró, lo dirigió Enrique Porte, lo actuó el músico José Vaisman Sandino y se presentó en un espacio improvisado de la Asociación Cultural Humboldt; el segundo, en la Sala Horacio Peterson, fue otro espectáculo creativo a cargo del puestista Basilio Álvarez y el intérprete Giovanni Reali, ayudado por un singular dispositivo escenográfico; y ahora, el tercero, muy pedagógico y centrado más en el hombre, comandado por María Teresa Haiek, y con el actuante Jesús Das Mercedes hace temporada en el Teatro San Martín,en Artígas.
¿Por qué tanto interés de los teatreros criollos por esa pieza estrenada en Munich (1981), la cual es una especie de filete mignon para las agrupaciones? No tenemos muchas respuestas, pero es obvio que se trata de un texto atractivo, que no requiere muchos gastos de producción, salvo el aparatoso instrumento musical, y además es una especie de reto para aquellos que pretendan ser actores y además monologantes. Y, según nuestro juicio, la versión española está editada y la fusilan cotidianamente, porque abarata los costos y además es “un sólido resuelve”, ya que no ingresan al país muchos textos teatrales, sin contar las digitalizaciones que viajan por la Web. Es, pues, delicada prueba de fuego para las nuevas generaciones de comediantes que se atrevan a llevarlo a escena.
El contrabajo, que no supera los 70 minutos de correcta interpretación, no es otra cosa que el melodrama de un músico enamorado de su instrumento y de una difícil dama que todavía no ha cedido a sus requerimientos. Es también toda una docta clase sobre la importancia del contrabajo en la orquesta, una disertación entretenida bien combinada con los líos amatorios del monologante. Todo se realiza dentro de una especie de espacio insonorizado, que es donde mora el caballero.
Es, pues, un acto teatral grato y mucho más cuando se pondera a un respetable comediante emergente como Jesús Das Merces, quien ha sido bien llevado por la veterana educadora María Teresa Haiek y producido por AmarcorTeatro. Una institución que funciona desde el 25 de junio de 1990, cuando debutó con el montaje de El rey se divierte, de Víctor Hugo, en el Teatro Alberto de Paz y Mateos de Caracas. Desde ese momento ha intensificado sus labores con talleres de actuación, voz y expresión corporal, además de válidos espectáculos. Son gente buena y casada con el teatro, como lo han demostrado hasta ahora, a pesar de contar con magros recursos, los cuales “equilibran” con sus pasiones y sus propuestas escénicas.¡Buena suerte
Posted by E. A. Moreno-Uribe at 5:27 AM
domingo, 23 de marzo de 2008
El autor es un ausente de su ciudad natal y Domingo

Desde la mítica Staromestské Namestí, el turista sólo emplea cinco minutos en llegar a la calle U Radnice, donde nació Kafka. Cinco minutos suficientes para abandonar toda esperanza de encontrar bien señalizada y a resguardo la casa natal, quede avisado. Sólo se conserva la entrada, clamando en silencio por una mano de limpieza, pero la fachada no conoce la brocha y la pintura, como atestiguan sus potentes desconchones, desde tiempo ha. El escultor a quien se encargó la placa de la esquina tampoco tuvo su mejor día, pues acertó a componer la cara escuálida y casi infantil de un Kafka que se sabe que es Kafka porque pone «Kafka» en la leyenda. Peor es la librería-exposición de la planta baja. Valga como librería, pero no vendría mal a sus empleados un somero cursillo orientativo para que aprendan a informar al curioso sobre en qué lugar de Praga están tomadas las fotos de Kafka que se exponen. Pregunté y sólo coseché vaguedades: «Me parece que es una plaza de la Ciudad Vieja?», «debe de ser una calle de por aquí?». Intrigado por saber si tan difícil era lo que preguntaba o tanta la ignorancia de la pareja librera, fui a tiro fijo: haciéndome el tonto, les pregunté por el nombre de un lugar en que Kafka aparece, en una foto famosa, a sabiendas de que era la Staromestské Namestí: «Me suena? quizás una calle cerca del Reloj?», me respondieron a dubitativo dúo, observando como por primera vez la foto. Kafka no vive en su casa natal.
Lo gordo es lo del palacio Goltz-Kinský, donde fue bachiller y donde su padre abrió tienda. Es, ni más ni menos, el lugar que eligieron los munícipes praguenses para instalar, al fondo de la planta baja, los urinarios públicos en que desahogan sus premuras los centenares de turistas que visitan la Staromestské. Ni en la Casa del Unicornio, ni en la cercana Casa del Minuto (o, quizá mejor, «al Minuto»), ni en las calles Celetná y Pariszká hay testimonio indicativo de que Kafka vivió allí o por allí estuvo de tertulia.
Junto a la entrada de la sinagoga española, se levanta la estatua con la que el escultor Jaroslav Róna ganó, hace cinco años, el concurso para un monumento a Kafka. Es sobre Kafka del mismo modo que puede ser sobre la apoteosis del mazapán toledano. Eso sí, resulta muy práctica para fotografiarse muy culto ante ella. Los libros de las sinagogas tampoco recuerdan a Kafka como uno de los suyos, quizá porque el escritor tardó lo suyo en acercarse al yidis y a la cultura judía. Se le menciona, pero lo justo.
Como Kafka escribió en alemán, me acerqué al Café Arco, en la calle Hybernska, lugar donde charló con los escritores que habían adoptado tal lengua. Sorpresa y anécdota. No es ya un café propiamente dicho, pues en sus mesas alargadas comían en discreto silencio quienes después supe que eran funcionarios del Ministerio checo del Interior, surtidos en el bufé contiguo. Parece ser que, molestos los nacionalistas checos por la naturaleza germana del lugar, lo convirtieron durante la época comunista en lo que es hoy, comedor de policías y gente muy de orden. Café, lo que se dice café, es el inolvidable Slavia, reformado para bien, o el magnífico de la Casa Municipal, con un pianista que no es clavado a Wagner, sino que es, sin duda, Wagner redivivo. No obstante, no se respira en ellos a Kafka tanto como en la «kavarna» del hotel Europa, en la plaza Wenceslao, donde Kafka dio lectura pública a «La condena». Los espejos que aún se conservan, parte del mobiliario y el altillo -que sólo pude entrever por las conminaciones tajantes, en puro checo pero indubitables, de una camarera- sí son de Kafka, sí los vio Kafka.
El castillo
Cruzado el puente Carlos, se va subiendo el barrio de Hradcany hasta llegar a la catedral de San Vito y al Callejón del Oro o de Los Alquimistas. Ahí sí que los encargados del turismo praguense se esforzaron, ahí sí que supieron explotar a Kafka. Porque el callejón sería nada -un conjunto de casitas diminutas, de una sola planta y desván- si su hermana Ottla no le hubiese cedido el número 22 a Kafka para que escribiese allí unos meses. Que sería nada lo saben, pues no se puede visitar de modo independiente, sólo gastándose unas cuantas coronas checas en un paquete más amplio. Con los libros de Kafka que allí se exponen a la venta y media docena de turistas, ya no se cabe en la casita azul. Un aplauso por haber sabido sacar divisas de tan insignificante lugar. Cerca, uno de los lugares que a Kafka más le gustaban, el Belvedere y su parque, con espléndidas vistas sobre el Moldava y la ciudad, que dicen las guías? sin mencionar a nuestro autor.
Al bajar, viene lo gordo: hay un Museo Kafka, en Cihelná, número 2, en una placita. Bien está. Dos gigantescas kas en ángulo agracian la entrada. En su interior, los decoradores (o como se llamen hoy los artistas encargados de llenar con cosas un lugar) acogieron todo lo que acude al imaginario colectivo cuando se menciona la palabra Kafka: espejos, laberintos, oscuridad (hay zonas propicias para romperse la crisma), cartelones, falsos palimpsestos y una musiquilla ambiente tan chirriante y sorpresiva que haría las delicias de un aprendiz de torturador. Porque, ya que nadie lee a Kafka más allá de «La metamorfosis», «kafkiano» se identifica con embarullado, siniestro, complicado, confuso, inexplicable? cuando una lectura en condiciones de Kafka lo revela como uno de los más ordenados, rectos, sencillos, claros y diáfanos autores que en el mundo han escrito sobre la condición humana, ella sí embarullada, siniestra, etcétera.
Pero no es lo gordo que Kafka se vaya a quedar para siempre como un escritor rarillo gracias al poco gusto por leer y gracias a ese museo pretendidamente kafkiano. Lo gordo es que el militante kafkiano que ya dije ser se llenó de gozo al oír los gritos jocosos y el aire de fiesta de los grupos de jóvenes que, por las calles aledañas, se acercaban al museo. Pero el gozo, al pozo. No iban a ver ni mucho menos el Museo Kafka: iban, en sucesivas oleadas cada vez más jacarandosas, a ver las dos figuras masculinas de bronce, de más de dos metros, que al escultor David Cerny le dejaron poner allí quién sabe quiénes muy postmodernos mandamases. Dos figuras verduscas y móviles cuya gracia reside en que están orinando sobre el estanque en que hunden sus pies. Allí, jóvenes y mayores, se retratan apurando todas las posibilidades que da el chorro de falso pis, y no digo más?
Praga es una ciudad hermosísima de la que Kafka se empapó: su luz, sus bruscos cambios de tiempo, las agujas angustiosas de sus iglesias, el potente Moldava, los abundantes y muy sugestivos pasadizos, el adoquinado de las calles. Pero Praga no consigue empaparse, con respeto y buen hacer, del más grande de los escritores de Europa central. O lo remedia pronto o toda la marea de turismo teledirigido que la invade sólo se quedará con que en esa ciudad nació un novelista friki que tiene un museo detrás de las esculturas meonas, esas que molan.
Titulares Ines.es
- Poesía de la semana -
Domingo 11 de mayo de 2008
Domingo
Tove Ditlevsen
Traducción de Francisco J. Uriz
Nunca ocurre nada los domingos.
Nunca encuentras un nuevo amor en domingo.
Es el día de los infelices.
Día de pensión o día de familia.
Las horas más dolorosas de la amante
cuando se imagina a su amado
con sus hijos en las rodillas
mientras su mujer, sonriente,
entra y sale con tentadoras bandejas.
Un día maldito.
Alguna vez tuvo que haber sido diferente.
¿Por qué si no tendríamos todos
que esperar con ansias el domingo durante toda la semana?
¿Quizá cuando íbamos a la escuela?
Pero ya entonces las campanas sonaban
compungidas y grises como lluvia y muerte.
Ya entonces las voces de los adultos
eran débiles e insonoras como si buscasen a tientas
y en vano las palabras dominicales.
El olor a humedad y a pan mohoso,
a sueño, botas de goma y achicoria
ya subía entonces por la escalera
y la calle, que estaba dura, vacía y diferente
de una manera desolada
El olor dominical nos forraba
con la gruesa capa de la decepción
que sigue a una expectativa
sin meta específica.
Pero, entonces ¿cuándo? En un lugar anterior a la memoria
hubo felicidad, una expectativa irresistible
que todavía nadie había sido capaz de defraudar.
Entonces las campanas significaban que papá estaba en casa,
el bigote, las negras cejas y el olor a tabaco mascado
estaban allí y allí quedaban, en un lugar cercano,
y quizá la risa de tu joven madre
sonaba más alegre que los otros días.
Es domingo. Tú nunca encontrarás
un nuevo amor ese día.
Estás sentada en el cuarto de estar
apabullada y rígida como una figura de cartón
a los ojos de los niños.
Escarban con los pies
y se pelean sin energía.
«Deberíamos hacer algo», dices.
«Sí», dice una voz detrás del periódico.
Entonces os calláis los dos, porque todo lo que tenéis ganas
de hacer es oculto y secreto
y sería inaceptable para el otro.
Las campanas de la iglesia suenan. Las narices de los niños
se llenan de desesperanzado olor heredado.
Sobre sus dulces rostros se desliza
una fealdad pasajera.
Una luz marchita
nace en sus ojos.
Pero todos esperamos el domingo
toda la semana, toda nuestra vida,
esperamos la ilusión de cientos
de largos domingos vacíos, agotadores.
Día familiar, día de pensión,
el infierno de los amantes secretos.
Ese día en que la nauseabunda grisura de los adultos
impregna a los niños y establece
la incomprensible melancolía dominical de los años venideros.
Tove Ditlevsen (1918 - 1976) Nació en Copenhaguen, Dinamarca. Nacida en una familia obrera, su formación fue enteramente autodidacta. Trabajó de oficinista y debutó en 1939. Ha publicado poemas y novelas, que encontraron un gran número de lectores.
poesiasemanal.com
jueves, 13 de marzo de 2008
¿Pudo Lennon haber sido feliz con otra y volver a ser un Beatle?

ABC John Lennon, en Cannes en 1971ANNA GRAU SERVICIO ESPECIAL. NUEVA YORK
¿Pudo John Lennon haber sido más feliz con otra mujer que con Yoko Ono y volver a ser un Beatle? Esta es la reivindicación de fondo de «Instamatic Karma», el segundo libro entregado a la imprenta por May Fung Yee Pang, más conocida como May Pang. Y por haber convivido con Lennon durante dieciocho meses de paréntesis en su matrimonio con Yoko Ono.
May Pang ya era autora de «Loving John» (Amando a John), donde hacía una primera memoria de su relación, que en la leyenda ha quedado como una especie de descenso a los infiernos del ex Beatle. Él mismo se refería a su período lejos de Yoko Ono como «el fin de semana perdido». Lennon estaba parafraseando el título de una película americana cuyo protagonista es un escritor sumido en el alcoholismo.
¿Era un John Lennon en horas bajas el que anduvo con May Pang? De esta época data su expulsión de un club de Los Ángeles, borracho como una cuba. También data de entonces la definitiva disolución de The Beatles. Uno de los documentos clave del libro es la foto en que se ve a Lennon estampando su firma al pie del documento que finiquitaba legalmente la sociedad.
Y es que «Instamatic Karma» -titulado así en honor de su canción «Instant Karma»- es básicamente un libro de fotografías. Vemos a Lennon nadando en Long Island, relajado con su hijo Julian, etc. Larry Kane, periodista y amigo de Lennon, sostiene que éste le confesó en privado que esta época fue «la más feliz de mi vida». May Pang incluso siembra la duda de cómo podría haber cambiado la historia de la música. The Beatles se disolvieron en diciembre de 1974. Sostiene May Pang que en febrero de 1975 ella y Lennon tenían planes para visitar en Nueva Orleáns a Paul y Linda McCartney. El día antes Lennon la dejó a ella y lo dejó todo para volver con Yoko Ono.
Existe entre ambas mujeres un fascinante juego de espejos. Ambas son orientales, aunque Yoko Ono es japonesa y May Pang nació en Estados Unidos, hija de inmigrantes chinos. May Pang es diecisiete años más joven. Ahora está divorciada, tiene dos hijos, diseña bisutería y es una ardiente protectora de los animales. Tiene un perro salvado del Katrina y sigue rodeándola un halo de dulzura y de buen rollo, justo lo contrario de lo que sucede con su rival.
Productora musical
May Pang entró en la vida de los Lennon como productora musical, puesta a sus órdenes en Apple Records. Se convirtió primero en su chica para todo y después en su asistente personal. ¿Entonces Lennon es el típico que deja a su mujer por la secretaria? Pues sí, pero atención, porque aquí nada es lo que parece: para empezar fue la misma Yoko Ono la que le arregló la relación con May Pang.
Fue Yoko Ono la que le comunicó a la asistente que ellos dos habían decidido separarse. Añadió que Lennon había empezado a salir con otras pero que lo mejor era que estuviera con May Pang, quien al principio rechazó la oferta alucinada. Yoko Ono ignoró sus protestas y los despachó juntos a Los Ángeles. Dieciocho meses después pasó a recoger a su John, con la noticia de que había encontrado una nueva cura para su tabaquismo. Y su John simplemente volvió con ella.
miércoles, 5 de marzo de 2008
Sobre Lucas Cranach el Viejo (1472-1553)

Hasta el 8 de junio
Londres acoge una muestra sobre Lucas Cranach, propagandista de Lutero y pintor de desnudos femeninos
Semanas antes de su inauguración, el Metro prohibió que se anunciara en sus túneles una de sus obras más famosas, una Venus cubierta sólo con una gasa
Lucas Cranach el Viejo (1472-1553), contemporáneo de Durero, propagandista de Martín Lutero y pintor al mismo tiempo de sinuosos desnudos de heroínas bíblicas o mitológicas, es objeto de una gran exposición que comienza este sábado en la Royal Academy of Arts londinense. Cranach fue un artista de enorme éxito material, cuyas pinturas e imágenes tuvieron una enorme demanda entre los ricos coleccionistas alemanes y su estudio, convertido casi en factoría, produjo numerosas réplicas, entre ellas de sus fascinantes desnudos femeninos. Gran cultivador del retrato, Lucas Cranach pintó varios de su amigo Martín Lutero, de los que se hicieron también numerosas reproducciones que se difundieron rápidamente por toda Europa, contribuyendo a la difusión de la Reforma protestante.
Joaquín Rábago/Efe
Londres
Semanas antes de su inauguración, la exposición armó un cierto revuelo cuando el Metro londinense decidió no admitir como cartel anunciador en sus túneles uno de sus desnudos femeninos más famosos, que muestra a una Venus de felina sonrisa cubierta sólo con una gasa tan transparente como provocativa.
Cranach fue un artista de enorme éxito material. Ocupó durante varios años el cargo de burgomaestre de Wittenberg, ciudad íntimamente vinculada a la reforma del fraile agustino -en su castillo clavó Lutero sus 95 tesis contra el negocio de las indulgencias- y corte de Federico III el Sabio, príncipe elector de Sajonia.
Sus pinturas e imágenes tuvieron una enorme demanda entre los ricos coleccionistas alemanes y su estudio, convertido casi en factoría, produjo numerosas réplicas, entre ellas de sus fascinantes desnudos femeninos.
Ingenuo y taimado erotismo
Destacan éstos por un elegante y entre ingenuo y taimado erotismo que aún hoy, época de saturación sexual, sigue sorprendiendo por la forma, entre disimulada y coqueta con que esas heroínas bíblicas miran muchas veces al espectador.
Pintor enormemente versátil, Cranach pintó en su etapa de Viena, ciudad donde comienza a saberse algo de su vida, excelentes retratos de humanistas y otros personajes relacionados con su nueva universidad.
De esa época son también obras devocionales como La Crucifixión, en las que destaca su maestría como paisajista, o su espectacular Martirio de Santa Catalina (hacia 1505), obra que presagia su actividad en Wittenberg como pintor de cámara de Federico el Sabio.
Gran cultivador del retrato
Gran cultivador del retrato, Lucas Cranach pintó varios de su amigo Martín Lutero, de los que se hicieron también numerosas reproducciones que se difundieron rápidamente por toda Europa, contribuyendo a la difusión de la Reforma protestante.
Sus grabados para la primera edición del Nuevo Testamento, traducida por el propio Lutero en 1522 y considerada una obra fundamental desde el punto de vista no sólo religioso sino del alemán moderno, alcanzaron también enorme popularidad.
Su amistad con aquel monje excomulgado por el Papa León X y su colaboración con el también teólogo reformista Felipe Melanchton no impidió a Cranach, sin embargo, atender los pedidos del rival de ambos, el arzobispo de Maguncia y cardenal Alberto de Hohenzollern.
Cranach retrató al famoso cardenal, aunque no del natural sino copiándolo del famoso grabado de Alberto Durero, y representándolo como San Jerónimo en su estudio, rodeado de animales.
También se deben a sus pinceles piezas de retablo para la catedral de Maguncia y diversas tablas devocionales para su arzobispo así como para otros mecenas católicos.
Tanto escenas bíblicas o de martirios de santos como partidas de caza
Cranach, llamado así por la ciudad alemana donde nació (Kronach), supo satisfacer en todo momento los deseos de sus patronos, y así pintó también lo mismo escenas bíblicas o de martirios de santos que espectaculares partidas de caza, a la que tan aficionados eran sus benefactores.
También dibujó con su taller centros de mesa para banquetes, escudos heráldicos y todo tipo de enseñas, e hizo también los grabados del lujoso catálogo de la colección de reliquias del príncipe elector Federico.
Su holgada posición de pintor de cámara de Federico terminó con la derrota que infligió a éste Carlos I de España y V de Alemania en 1547, año en que Cranach se trasladó primero a Augsburgo y luego a Weimar, donde moriría a la edad de 81 años.
La exposición de la Royal Academy, organizada conjuntamente con el museo Städel, de Fráncfort, y que estará abierta hasta el 8 de junio, permite al visitante hacerse una idea muy completa de la extraordinaria maestría y versatilidad de un pintor cuya influencia llega hasta Picasso, Modigliani y, actualmente, el estadounidense John Currin.
martes, 4 de marzo de 2008
Muestra única en España reúne 50 inventos de Da Vinci

«Leonardo Da Vinci. Hombre-Inventor y Genio» se mostrará hasta el próximo 13 de abril en León.
Medio centenar de modelos de los inventos de Leonardo Da Vinci, así como dieciocho reproducciones de sus obras pictóricas tan influyentes como »La Gioconda«, integran una exposición »excepcional« que se muestra desde hoy en León por primera vez en España y que revela el ingenio de un hombre adelantado a su tiempo.
Así lo ha explicado hoy el presidente de Caja España, Santos Llamas, en el acto inaugural de esta exposición con el título de »Leonardo Da Vinci. Hombre-Inventor y Genio«, la cual se mostrará hasta el próximo 13 de abril en León, ciudad a la que ha llegado procedente de México y tras pasar por importantes salas de Europa y América, con un total de 300.000 visitantes.
La exposición reúne sobretodo inventos del artista fabricados en madera por cualificados artesanos de Florencia (Italia), como Paolo Carthiari, además de obras artísticas como una réplica de la »Última Cena«, una de sus pinturas más representativas, junto a »La Gioconda«, y que da la bienvenida al visitante a la muestra.
Entre los inventos destacan el de una bicicleta que nunca llegó a construir; una sala de los espejos, que demuestran la ley de la reflexión; así como una máquina que muestra la »imposibilidad del movimiento perpetuo« y que podría ser un anticipo de la posterior Ley de la Gravedad de Isaac Newton, según ha explicado el director del Museo Provincial de León, Luis Grau.
Grau, experto en la obra de Da Vinci (1452-1519) ha ejercido de guía para esta muestra, ya que el comisario de la misma Christoph Rahofer no ha podido trasladarse a León.
Muchos de estos inventos son interactivos, con lo que se pueden activar »pulsando, apretando o moviendo las manivelas«, con el fin de que se pueda comprender mejor su funcionamiento y finalidad.
En la muestra, se pueden contemplar inventos como una »barrena vertical«, con la que se puede clavar una fosa, y junto a ella el denominado »tornillo de Arquímedes«, útil para elevar el agua a un lugar más alto del de donde éste se encuentra, inventos, ambos, muy útiles para transportar agua para una antigua ciudad fortificada.
Un autómata programable, que podría ser el precedente del robot, poleas, grúa, una máquina de piñones para el cambio de marchas, cadenas, un cojinete de tres esferas, incluso un mecanismo que podría ser el antecedente de una cremallera integran esta muestra, que refleja como Da Vinci fue capaz de adelantarse a su tiempo.
»La mayoría de estas máquinas proceden de bocetos que nunca se llevaron a la práctica«, según Grau, que ha añadido que la mayoría de ellos inventos estaban »concebidos para ahorrar esfuerzo al ser humano«.
»Posiblemente no sea el mejor pintor, ingeniero, músico, escultor y matemático, lo impresionante es que fue bueno en todo, tocó todos los palos y dejó una gran huella que ha quedado patente en esta exposición«, ha dicho Grau.
Entre las obras pictóricas que se muestran de Da Vinci, destaca la »Batalla de Anghiari, una copia de una obra de Rubens, quien a su vez reprodujo un fresco de Da Vinci, que ha desaparecido y que constituyó uno de los encargos más importantes que recibió el artista.
domingo, 2 de marzo de 2008
Gabriel Jaime Franco
Puesto que se es un hombre
no se es grande.
Mas es haber venido aquí tan grande,
que haber creído ser un día
es haber sido.
Ahora hago en verdad esto o aquello,
mas no entiendo muy bien
por qué no soy un hombre que embetuna o hace fila,
quien ofrece cursos de ingles o enciclopedias,
algo así,
porqué no sería yo quien ora,
quien ahora muere,
quien intenta ser en esto
o en esto
o en aquello
Porqué sólo soy quien se pregunta,
quien se deshalla y se descentra,
sólo quien intenta no sabe muy bien qué.
Por qué soy al fin quien soy, si fuera.
Mas fue creer haber sido tan grande,
que sólo haberlo creído es haber sido.
*Gabriel Jaime Franco nació en Medellín en 1956. Miembro del consejo de redacción de la revista Prometeo. Ha publicado los libros En la Ruta del Día (1989), La Tierra de la Sal (1994) y Reaprendizaje del Alfabeto (Premio nacional de poesía Fuego en las Palabras, en 1997). Ha sido incluido en las antologías Cinco poetas Jóvenes, Disidencia del Limbo, Conozcámonos Mejor (Brasil-Colombia), Postal de fin de siglo y Quién es Quién en la Poesía Colombiana.
Revista de Arte y Cultura en la Red -
www.enfocarte.com
no se es grande.
Mas es haber venido aquí tan grande,
que haber creído ser un día
es haber sido.
Ahora hago en verdad esto o aquello,
mas no entiendo muy bien
por qué no soy un hombre que embetuna o hace fila,
quien ofrece cursos de ingles o enciclopedias,
algo así,
porqué no sería yo quien ora,
quien ahora muere,
quien intenta ser en esto
o en esto
o en aquello
Porqué sólo soy quien se pregunta,
quien se deshalla y se descentra,
sólo quien intenta no sabe muy bien qué.
Por qué soy al fin quien soy, si fuera.
Mas fue creer haber sido tan grande,
que sólo haberlo creído es haber sido.
*Gabriel Jaime Franco nació en Medellín en 1956. Miembro del consejo de redacción de la revista Prometeo. Ha publicado los libros En la Ruta del Día (1989), La Tierra de la Sal (1994) y Reaprendizaje del Alfabeto (Premio nacional de poesía Fuego en las Palabras, en 1997). Ha sido incluido en las antologías Cinco poetas Jóvenes, Disidencia del Limbo, Conozcámonos Mejor (Brasil-Colombia), Postal de fin de siglo y Quién es Quién en la Poesía Colombiana.
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martes, 26 de febrero de 2008
Los «ensayos» de Montaigne:
Los «ensayos» de Montaigne: Se reúnen en un solo volumen, y en la versión hasta hoy definitiva, todos los escritos que Michel de Montaigne, quizá el «pensador mundano» europeo más leído y citado, dedicó a los temas eternos del arte de vivir
Quienes tenemos un punto de fetichismo respecto de los escritores preferidos no podemos evitar un suave respingo del espíritu al ir acercándonos a la que fuera su casa. Saliendo desde la autopista de circunvalación de Burdeos hacia el Este, hacia Bergerac, en menos de una hora se toma una desviación hacia la izquierda, pasado Castillon. En unos diez minutos, animado por el olor a madera de la serrería próxima y flanqueado por los viñedos que llenan esa parte del Perigord, entraba en el pequeño pueblo de Saint Michel de Montaigne. El «Foyer laïque rural» a la izquierda, antes de la iglesia y del edificio de la Alcaldía, de dos plantas y ventanas con postigos, simpleza clásica, francés o francés. Un discreto monumento a los mozos del pueblo caídos en la Guerra del 14, con rotundos obuses clavados en la tierra, escoltándolo. Una placa con una encendida arenga patriótica de De Gaulle, de julio del 40. Ni una voz, ni un bar, ni un alma por la calle a esa hora de la tarde, gris el cielo, unos jirones de niebla y, a unos pasos, la avenida de cedros, proyectada por el abuelo del escritor, que conduce al «Chatêau de Montaigne», al «castillo de la montaña», una descansada colina en realidad, elevada a rango mayor por la «grandeur» francesa. Vuelve el respingo mientras camino por el sendero de guijarros, tras el cartel que advierte de que se entra en «propiedad privada abierta al público», hacia la casa en la que es preciso convencer a la guardesa con dulces palabras y esforzados razonamientos para que abra la Torre, la Torre del castillo, la Torre en que Michel de Montaigne escribió Los ensayos que conmovieron al mundo.
La Torre
Escribe Montaigne: «En casa, me aparto un poco más a menudo a mi biblioteca, desde donde, con toda facilidad, dirijo la administración doméstica. Estoy a la entrada [del castillo], y veo debajo de mí mi huerto, mi corral, mi patio, y dentro de la mayoría de las partes de mi casa. Ahí, hojeo ahora un libro, luego otro, sin orden ni plan, a retazos. A veces pienso, a veces registro y dicto, mientras me paseo, mis desvaríos, que tenéis delante. La biblioteca se encuentra en la tercera planta de una torre. La primera es la capilla; la segunda, una estancia y su anexo, donde duermo con frecuencia, para estar solo. Encima tiene un gran guardarropa. En el pasado era el lugar más inútil de la casa. Paso ahí la mayor parte de los días de mi vida, y la mayor parte de las horas del día. De noche, no estoy nunca. A su lado, hay un gabinete no exento de elegancia, donde puede hacerse fuego en invierno, iluminado de una manera muy agradable». Estoy ahora en ese gabinete, con el pulso acelerado, de cinco pasos de largo por tres de ancho. Recorro el espacio sin libros donde estuvo la biblioteca de Montaigne: alrededor de mil volúmenes, dicen, quién sabe. El pésimo gusto con que ha sido redecorado y las inscripciones que han dejado en la pared muchos mastuerzos de entre los once mil visitantes que aquí acuden cada año atacan mi tensión arterial, ya excitada por la fantasía. Es preciso detenerse a reflexionar en este lugar que acogió tan titánico esfuerzo de reflexión.
El pensador
Me río yo de los juegos de estimulación cerebral que anuncian los mercaderes en la tele. Para estimulación cerebral diaria, Los ensayos de Montaigne, ahora disponibles en castellano en el «montaje del director», es decir, en la edición que su «hija de alianza», Marie de Gournay, preparó en 1595. Lo ofrece Acantilado a un precio más que asequible si se compara con los artefactos Wii y otras maquinitas de jugar. Quien quiera mantener en forma su máquina de pensar aquí tiene el engrase necesario.
El mismo día en que cumplió 38 años, «hastiado ya hace tiempo de la esclavitud del Palacio y de las tareas públicas», Michel de Montaigne, heredero de un padre que le impuso el latín como única lengua materna, decide retirarse a su castillo y consagrar su Torre («este dulce escondrijo de sus antepasados»), en la que ahora mismo estoy, «a su libertad, tranquilidad y ocio». Aunque lo nombraron alcalde de Burdeos en dos ocasiones, aunque viajó con provecho por Italia, aunque llegó a estar preso por intrigas políticas, será en la Torre donde se busque a sí mismo para encontrarnos a todos. Lo hizo mediante 113 «ensayos», es decir, mediante 113 «tentativas», escritos en los que desarrolla sus ideas sin necesidad de mostrar todo el aparato erudito. Los hay muy cortos y está la «Apología de Ramón Sibiuda», un libro dentro del libro, cuya lectura nos recomendaba Gustavo Bueno hace, ay, 38 años, a sus alumnos de entonces. Creó, pues, un género y lo subió a lo más alto, labor muy similar a la de su contemporáneo Cervantes. Montaigne medita, apoyándose en sentencias de Plutarco, de Séneca y demás buena compañía, sobre la amistad, la tristeza, la ociosidad, el dormir, la pedantería, los caníbales, la soledad, los olores, la conciencia, la ira, la virtud, los cojos, la vanidad, los carruajes, la fisonomía, la embriaguezÉ dándose a veces el lujo de mostrar todo su saber sobre algo tan de hoy como el etnocentrismo y las distintas costumbres, con toda una lista de modos culturales ajenos al europeo, que se acaba convirtiendo en un tratado sobre la relatividad y los límites de la tolerancia: es el capítulo XXI, del Libro I.
La isla desierta.
Dos jóvenes atienden con amabilidad el pequeño comercio sobre Montaigne que hay en la casa de la entrada. Desde llaveros a marcalibros; desde Los ensayos hasta docenas de libros sobre el autor. Es decir, un respeto y, a la vez, un buen negocio de souvenirs: hay que vivir en este mundo, lo contrario de tantos lugares de España en los que preguntas por las huellas de un autor allí nacido y te miran los aborígenes como si vieran a la güestia. Montaigne vivía en el mundo, aun retirado a la Torre, aplicándole una filosofía sencilla, juiciosa y estrictamente razonada. Alguien ha considerado a Los ensayos un medicamento contra la tristeza y no falta quien defienda que, leídos, no se necesita leer nada más. Si fue su autor un estoico, escéptico luego; epicúreo al final, quede para entretenimiento de eruditos. Tómese el libro, comiéncese por cualquier página y el cerebro lo agradecerá. De vuelta, a la altura del febril tráfico de Lormont, me satisface pensar que con Los ensayos y El Quijote bastaría para que tuviesen muy buen pasar los ratos de lectura en una isla desierta.
Quienes tenemos un punto de fetichismo respecto de los escritores preferidos no podemos evitar un suave respingo del espíritu al ir acercándonos a la que fuera su casa. Saliendo desde la autopista de circunvalación de Burdeos hacia el Este, hacia Bergerac, en menos de una hora se toma una desviación hacia la izquierda, pasado Castillon. En unos diez minutos, animado por el olor a madera de la serrería próxima y flanqueado por los viñedos que llenan esa parte del Perigord, entraba en el pequeño pueblo de Saint Michel de Montaigne. El «Foyer laïque rural» a la izquierda, antes de la iglesia y del edificio de la Alcaldía, de dos plantas y ventanas con postigos, simpleza clásica, francés o francés. Un discreto monumento a los mozos del pueblo caídos en la Guerra del 14, con rotundos obuses clavados en la tierra, escoltándolo. Una placa con una encendida arenga patriótica de De Gaulle, de julio del 40. Ni una voz, ni un bar, ni un alma por la calle a esa hora de la tarde, gris el cielo, unos jirones de niebla y, a unos pasos, la avenida de cedros, proyectada por el abuelo del escritor, que conduce al «Chatêau de Montaigne», al «castillo de la montaña», una descansada colina en realidad, elevada a rango mayor por la «grandeur» francesa. Vuelve el respingo mientras camino por el sendero de guijarros, tras el cartel que advierte de que se entra en «propiedad privada abierta al público», hacia la casa en la que es preciso convencer a la guardesa con dulces palabras y esforzados razonamientos para que abra la Torre, la Torre del castillo, la Torre en que Michel de Montaigne escribió Los ensayos que conmovieron al mundo.
La Torre
Escribe Montaigne: «En casa, me aparto un poco más a menudo a mi biblioteca, desde donde, con toda facilidad, dirijo la administración doméstica. Estoy a la entrada [del castillo], y veo debajo de mí mi huerto, mi corral, mi patio, y dentro de la mayoría de las partes de mi casa. Ahí, hojeo ahora un libro, luego otro, sin orden ni plan, a retazos. A veces pienso, a veces registro y dicto, mientras me paseo, mis desvaríos, que tenéis delante. La biblioteca se encuentra en la tercera planta de una torre. La primera es la capilla; la segunda, una estancia y su anexo, donde duermo con frecuencia, para estar solo. Encima tiene un gran guardarropa. En el pasado era el lugar más inútil de la casa. Paso ahí la mayor parte de los días de mi vida, y la mayor parte de las horas del día. De noche, no estoy nunca. A su lado, hay un gabinete no exento de elegancia, donde puede hacerse fuego en invierno, iluminado de una manera muy agradable». Estoy ahora en ese gabinete, con el pulso acelerado, de cinco pasos de largo por tres de ancho. Recorro el espacio sin libros donde estuvo la biblioteca de Montaigne: alrededor de mil volúmenes, dicen, quién sabe. El pésimo gusto con que ha sido redecorado y las inscripciones que han dejado en la pared muchos mastuerzos de entre los once mil visitantes que aquí acuden cada año atacan mi tensión arterial, ya excitada por la fantasía. Es preciso detenerse a reflexionar en este lugar que acogió tan titánico esfuerzo de reflexión.
El pensador
Me río yo de los juegos de estimulación cerebral que anuncian los mercaderes en la tele. Para estimulación cerebral diaria, Los ensayos de Montaigne, ahora disponibles en castellano en el «montaje del director», es decir, en la edición que su «hija de alianza», Marie de Gournay, preparó en 1595. Lo ofrece Acantilado a un precio más que asequible si se compara con los artefactos Wii y otras maquinitas de jugar. Quien quiera mantener en forma su máquina de pensar aquí tiene el engrase necesario.
El mismo día en que cumplió 38 años, «hastiado ya hace tiempo de la esclavitud del Palacio y de las tareas públicas», Michel de Montaigne, heredero de un padre que le impuso el latín como única lengua materna, decide retirarse a su castillo y consagrar su Torre («este dulce escondrijo de sus antepasados»), en la que ahora mismo estoy, «a su libertad, tranquilidad y ocio». Aunque lo nombraron alcalde de Burdeos en dos ocasiones, aunque viajó con provecho por Italia, aunque llegó a estar preso por intrigas políticas, será en la Torre donde se busque a sí mismo para encontrarnos a todos. Lo hizo mediante 113 «ensayos», es decir, mediante 113 «tentativas», escritos en los que desarrolla sus ideas sin necesidad de mostrar todo el aparato erudito. Los hay muy cortos y está la «Apología de Ramón Sibiuda», un libro dentro del libro, cuya lectura nos recomendaba Gustavo Bueno hace, ay, 38 años, a sus alumnos de entonces. Creó, pues, un género y lo subió a lo más alto, labor muy similar a la de su contemporáneo Cervantes. Montaigne medita, apoyándose en sentencias de Plutarco, de Séneca y demás buena compañía, sobre la amistad, la tristeza, la ociosidad, el dormir, la pedantería, los caníbales, la soledad, los olores, la conciencia, la ira, la virtud, los cojos, la vanidad, los carruajes, la fisonomía, la embriaguezÉ dándose a veces el lujo de mostrar todo su saber sobre algo tan de hoy como el etnocentrismo y las distintas costumbres, con toda una lista de modos culturales ajenos al europeo, que se acaba convirtiendo en un tratado sobre la relatividad y los límites de la tolerancia: es el capítulo XXI, del Libro I.
La isla desierta.
Dos jóvenes atienden con amabilidad el pequeño comercio sobre Montaigne que hay en la casa de la entrada. Desde llaveros a marcalibros; desde Los ensayos hasta docenas de libros sobre el autor. Es decir, un respeto y, a la vez, un buen negocio de souvenirs: hay que vivir en este mundo, lo contrario de tantos lugares de España en los que preguntas por las huellas de un autor allí nacido y te miran los aborígenes como si vieran a la güestia. Montaigne vivía en el mundo, aun retirado a la Torre, aplicándole una filosofía sencilla, juiciosa y estrictamente razonada. Alguien ha considerado a Los ensayos un medicamento contra la tristeza y no falta quien defienda que, leídos, no se necesita leer nada más. Si fue su autor un estoico, escéptico luego; epicúreo al final, quede para entretenimiento de eruditos. Tómese el libro, comiéncese por cualquier página y el cerebro lo agradecerá. De vuelta, a la altura del febril tráfico de Lormont, me satisface pensar que con Los ensayos y El Quijote bastaría para que tuviesen muy buen pasar los ratos de lectura en una isla desierta.
miércoles, 20 de febrero de 2008
jueves, 14 de febrero de 2008
Un "Don Juan" catalán y de posguerra llega al Español.
J.B.
MADRID. Durante muchos años, el Teatro Español ha guardado la tradición de la representación del Tenorio en la festividad de Todos los Santos. Pero ya se sabe que Mario Gas, director del Español, tiene cierta tendencia iconoclasta; el pasado noviembre dejó sin Tenorio a los espectadores madrileños, pero ahora pone en escena un «Don Juan»... que poco tiene que ver con el de Zorrilla.
«Don Juan, príncipe de las tinieblas» es un espectáculo creado por Hermann Bonnín, su director, a partir de los cinco textos teatrales que sobre el mítico personaje escribió en los años cincuenta el autor catalán Josep Palau i Fabre. «Todo el mundo se queda con el mito del «Don Juan» de Zorrilla -dijo Mario Gas en la presentación del montaje, el pasado lunes-, y desde el Teatro Español cremos que debemos apostar por profundizar en el Don Juan de otros autores dramáticos».
El Don Juan de Palau i Fabre está situado en la Barcelona de los cincuenta, y arranca en el baile de máscaras que organizan los señores Jover, al que ha sido invitado Don Juan. Bonnín ha puesto en escena a treinta y siete personajes (interpretados por diecisiete actores), para un «Don Juan» que, según Bonnín, «concentra, ante todo, los desasosiegos del hombre que ha vivido los dolores de nacimientos y agonías de una Europa sumida en guerras y postguerras, en ascensiones y caídas ideológicas, sociales y políticas».
Roberto Enríquez encarna a Don Juan en este montaje en el que intervienen, entre otros, Juan Codina, Óscar Zafra, Clara Sanchis, Yaël Belicha, Rafael Rojas, Ana Wagener, Anna Ycobalzeta, Xenia Sevillano, Jesús Fuente, Judith Esteban y Paloma Paso Jardiel.
MADRID. Durante muchos años, el Teatro Español ha guardado la tradición de la representación del Tenorio en la festividad de Todos los Santos. Pero ya se sabe que Mario Gas, director del Español, tiene cierta tendencia iconoclasta; el pasado noviembre dejó sin Tenorio a los espectadores madrileños, pero ahora pone en escena un «Don Juan»... que poco tiene que ver con el de Zorrilla.
«Don Juan, príncipe de las tinieblas» es un espectáculo creado por Hermann Bonnín, su director, a partir de los cinco textos teatrales que sobre el mítico personaje escribió en los años cincuenta el autor catalán Josep Palau i Fabre. «Todo el mundo se queda con el mito del «Don Juan» de Zorrilla -dijo Mario Gas en la presentación del montaje, el pasado lunes-, y desde el Teatro Español cremos que debemos apostar por profundizar en el Don Juan de otros autores dramáticos».
El Don Juan de Palau i Fabre está situado en la Barcelona de los cincuenta, y arranca en el baile de máscaras que organizan los señores Jover, al que ha sido invitado Don Juan. Bonnín ha puesto en escena a treinta y siete personajes (interpretados por diecisiete actores), para un «Don Juan» que, según Bonnín, «concentra, ante todo, los desasosiegos del hombre que ha vivido los dolores de nacimientos y agonías de una Europa sumida en guerras y postguerras, en ascensiones y caídas ideológicas, sociales y políticas».
Roberto Enríquez encarna a Don Juan en este montaje en el que intervienen, entre otros, Juan Codina, Óscar Zafra, Clara Sanchis, Yaël Belicha, Rafael Rojas, Ana Wagener, Anna Ycobalzeta, Xenia Sevillano, Jesús Fuente, Judith Esteban y Paloma Paso Jardiel.
martes, 12 de febrero de 2008
DON QUIJOTE DE LA MANCHA Y DOÑA DULCINEA DEL TOBOSO

LAS COSAS Y SUS NOMBRES
Estos dos personajes cuya irrealidad quiso remarcar Cervantes con gruesos trazos, responden a unos caracteres tan marcados de la realidad humana, que han pasado a la inmortalidad al igual que otras grandes parejas de enamorados inmortalizadas por la leyenda.
Don Quijote de la Mancha es la viva estampa del noble caballero que vivía en su arcaico mundo caballeresco: el creador del AMOR CORTÉS, que marcó el camino al actual concepto del AMOR. Un mundo que habiendo sido una poderosa realidad a lo largo de toda la edad media, fue idealizado en las novelas de caballerías, pasando de este modo a su dimensión irreal e intemporal. De esa dimensión tomó modelo Don Quijote.
Su condición de caballero le impone a Don Quijote la obligación de entronizar en su corazón una gran dama en cuyo servicio serán todas sus andanzas de caballerías. No habiendo en la realidad nada que requiera los servicios de la caballería, a nuestro caballero no le queda más servicio que el de su dueña, la sin par Doña Dulcinea del Toboso.
Limpias pues sus armas, nos cuenta Cervantes para rematar el primer capítulo de su genial obra, hecho del morrión celada, puesto nombre a su rocín y confirmándose a sí mismo, se dio a entender que no le faltaba otra cosa sino buscar una dama de quien enamorarse, porque el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto, y cuerpo sin alma. Decíase él: Si yo, por malos de mis pecados, o por mi buena suerte, me encuentro por ahí con algún gigante, como de ordinario les acontece a los caballeros andantes, y le derribo de un encuentro, o le parto por mitad del cuerpo, o finalmente le venzo y le rindo, ¿no será bien tener a quien enviarle presentado, y que entre y se hinque de rodillas ante mi dulce señora, y diga con voz humilde y rendido: “Yo, señora, soy el gigante Caraculiambro, señor de la ínsula Malindriana, a quien venció en singular batalla el jamás como se debe alabado caballero Don Quijote de la Mancha, el cual me mandó que me presentase ante vuestra merced, para que vuestra grandeza disponga de mí a su talante? ¡Oh, cómo se holgó nuestro buen caballero cuando hubo hecho este discurso, y más cuando halló a quién dar nombre de su dama! Y fue, a lo que se cree, que en un lugar cerca del suyo había una moza labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado, aunque, según se entiende, ella jamás lo supo ni se dio cata dello. Llamábase Aldonza Lorenzo, y a ésta le pareció bien darle título de señora de sus pensamientos; y buscándole nombre que no desdijese mucho del suyo, y que tirase y se encaminase al de princesa y gran señora, vino a llamarla DULCINEA DEL TOBOSO porque era natural del Toboso: nombre a su parecer dulce y peregrino y significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas había puesto.
En efecto, puesto que caballero sin amores es árbol desnudo y cuerpo sin alma, Don Quijote tiene puesto su pensamiento desde el primer día en servir a su señora Dulcinea, y así manda a su fiel escudero que vaya al Toboso, dé con Doña Dulcinea y le entregue esta misiva:
CARTA DE DON QUIJOTE A DULCINEA DEL TOBOSO
“SOBERANA Y ALTA SEÑORA
El ferido de punta de ausencia, y el llagado de las telas del corazón, dulcísima Dulcinea del Toboso, te envía la salud que él no tiene. Si tu fermosura me desprecia, si tu valor no es en mi pro, si tus desdenes son en mi afincamiento, maguer que yo sea asaz de sufrido, mal podré sostenerme en esta cuita, que además de ser fuerte es muy duradera. Mi buen escudero Sancho te dará entera relación, oh bella ingrata, amada enemiga mía, del modo que por tu causa quedo: si gustares de acorrerme, tuyo soy; y si no, haz lo que te viniere en gusto, que con acabar mi vida habré satisfecho a tu crueldad y a mi deseo.
Tuyo hasta la muerte
EL CABALLERO DE LA TRISTE FIGURA
Don Quijote y Sancho Panza forman la pareja real, la que empuja los capítulos y los días de nuestro caballero. Pero hay que insistir en la máxima francesa: cherchez la femme. Y en efecto, si la buscamos descubrimos que la pareja ideal, la que constituye el alma de la obra, es la formada por Don Quijote y Doña Dulcinea. Es el amor callado del Caballero Andante, un amor que por fin podrá confesarle a su dama, cuando por sus andanzas se haya hecho digno de ella.
Sancho Panza tira siempre de Don Quijote hacia la realidad, con la única excepción de cuanto atañe al amor del caballero: cuando por fin le tiene que presentar a su señora es él, Sancho, quien a partir de una realidad bien mezquina le mantiene en su ideal, en su amor platónico.
De todos modos la fuerza de ese episodio es decisiva: marca para Don Quijote el inicio de la recuperación del juicio, y para Sancho el inicio de su pérdida del mismo. En ambos casos es la mujer la que opera el cambio: a uno y otro se les cambia la forma de sentirla.
sábado, 9 de febrero de 2008
Ingmar Bergman, entre la luz y la muerte.
El director sueco era un profesional minucioso con un genio especial para bucear en lo más recóndito de las relaciones humanas
Autor:
Miguel Anxo Fernández
Fecha de publicación:
3/8/2007
En la historia sentimental de la cinefilia de comienzos de los setenta, tan pegada al movimiento cineclubista y al circuito de salas de arte y ensayo, Ingmar Bergman ocupa lugar de privilegio. Con el valor añadido de que su obra se estrenaba en versión original subtitulada, algo que ahora se antoja un lujo asiático. La militancia cinéfila se nutrió de pasión con filmes de su primera etapa, como El séptimo sello (1956), Fresas salvajes (1957) y El manantial de la doncella (1959), de los años sesenta, como Persona (1966) o La vergüenza (1968), o de su momento de madurez, como Gritos y susurros (1972), Secretos de un matrimonio (1974), en algún caso superando la férrea censura franquista. Bergman se encontró con la muerte el pasado domingo en su isla de Farö, en Gotland, en medio del mar Báltico, en donde la aguardaba paciente después del fallecimiento en 1995 de su última compañera, Ingrid Karlevo von Rosen.
Era la muerte una de sus obsesiones vitales y artísticas. Al gran director sueco se debe la representación icónica de la muerte en El séptimo sello, de faz blanca y vestida de negro, ampliamente imitada en el cine posterior. Bergman se disponía a cumplir 90 años, aunque desde el 2003, cuando codirigió Zarabanda para la televisión sueca, ya se había despedido de las cámaras. Fue después de consagrarse internacionalmente con la bellísima Fanny y Alexander, por la que recibió varios Oscar, cuando Bergman optó por dedicarse a un cine todavía más personal y a recluirse gradualmente en su querida isla, en la que rodó buena parte de sus filmes desde que en 1960 realizara Como en un espejo y en la que residía desde 1966. Nacido en Upsala en 1918, y uno de los máximos impulsores de la Academia Europea del Cine en 1988, Bergman es uno de los cineastas más brillantes del siglo XX. Autor de 54 filmes que abarcan desde 1944, cuando dirigió las últimas escenas de Tormentos, hasta el 2003 con la mencionada Zarabanda. Escribió Truffaut en Las películas de mi vida (Mensajero, 1976) que «nadie se ha acercado tanto al rostro humano como Bergman. En sus [?] películas no hay más que bocas que hablan, orejas que escuchan, ojos curiosos, deseosos o asustados». Claro que detrás de ese trabajo había mucho más en palabras de su más estrecho colaborador, el gran operador Sven Nykvist que en sus memorias Culto a la luz (Ediciones del imán, 1997) cuenta que la «minuciosa planificación era, entre otros aspectos, lo que distinguía a Ingmar Bergman de la mayoría de realizadores. Por regla general exigía dos meses de tiempo para llevarla a cabo. Empezaba con la lectura del guión, en la que todos los responsables artísticos teníamos que estar presentes [?]. Además, repasaba el guión con cada uno: con el fotógrafo, el decorador, el figurinista, el maquillador. Nada quedaba al azar».
LAS RELACIONES
La luz y el color era otra de sus obsesiones. En cuanto al tema, aparte de su genio para la introspección y el buceo en lo más recóndito de las relaciones humanas, con sus neuras y obsesiones, la mujer formada parte de su vida. No sólo dirigiendo a grandes actrices nórdicas como Maj Britt Nilsson, Harriett Andersson, Ulla Jacobsson o la propia Ullmann, con quien mantuvo un turbulento romance, o casándose en cinco ocasiones aparte su última compañera, Ingrid, sino también en lo temático. «El mundo de las mujeres es mi mundo», dijo en una ocasión. Formado en Historia del Arte y apasionado del teatro y de la ópera, dirigió más de 100 obras así como numerosas piezas para radio.
Autor:
Miguel Anxo Fernández
Fecha de publicación:
3/8/2007
En la historia sentimental de la cinefilia de comienzos de los setenta, tan pegada al movimiento cineclubista y al circuito de salas de arte y ensayo, Ingmar Bergman ocupa lugar de privilegio. Con el valor añadido de que su obra se estrenaba en versión original subtitulada, algo que ahora se antoja un lujo asiático. La militancia cinéfila se nutrió de pasión con filmes de su primera etapa, como El séptimo sello (1956), Fresas salvajes (1957) y El manantial de la doncella (1959), de los años sesenta, como Persona (1966) o La vergüenza (1968), o de su momento de madurez, como Gritos y susurros (1972), Secretos de un matrimonio (1974), en algún caso superando la férrea censura franquista. Bergman se encontró con la muerte el pasado domingo en su isla de Farö, en Gotland, en medio del mar Báltico, en donde la aguardaba paciente después del fallecimiento en 1995 de su última compañera, Ingrid Karlevo von Rosen.
Era la muerte una de sus obsesiones vitales y artísticas. Al gran director sueco se debe la representación icónica de la muerte en El séptimo sello, de faz blanca y vestida de negro, ampliamente imitada en el cine posterior. Bergman se disponía a cumplir 90 años, aunque desde el 2003, cuando codirigió Zarabanda para la televisión sueca, ya se había despedido de las cámaras. Fue después de consagrarse internacionalmente con la bellísima Fanny y Alexander, por la que recibió varios Oscar, cuando Bergman optó por dedicarse a un cine todavía más personal y a recluirse gradualmente en su querida isla, en la que rodó buena parte de sus filmes desde que en 1960 realizara Como en un espejo y en la que residía desde 1966. Nacido en Upsala en 1918, y uno de los máximos impulsores de la Academia Europea del Cine en 1988, Bergman es uno de los cineastas más brillantes del siglo XX. Autor de 54 filmes que abarcan desde 1944, cuando dirigió las últimas escenas de Tormentos, hasta el 2003 con la mencionada Zarabanda. Escribió Truffaut en Las películas de mi vida (Mensajero, 1976) que «nadie se ha acercado tanto al rostro humano como Bergman. En sus [?] películas no hay más que bocas que hablan, orejas que escuchan, ojos curiosos, deseosos o asustados». Claro que detrás de ese trabajo había mucho más en palabras de su más estrecho colaborador, el gran operador Sven Nykvist que en sus memorias Culto a la luz (Ediciones del imán, 1997) cuenta que la «minuciosa planificación era, entre otros aspectos, lo que distinguía a Ingmar Bergman de la mayoría de realizadores. Por regla general exigía dos meses de tiempo para llevarla a cabo. Empezaba con la lectura del guión, en la que todos los responsables artísticos teníamos que estar presentes [?]. Además, repasaba el guión con cada uno: con el fotógrafo, el decorador, el figurinista, el maquillador. Nada quedaba al azar».
LAS RELACIONES
La luz y el color era otra de sus obsesiones. En cuanto al tema, aparte de su genio para la introspección y el buceo en lo más recóndito de las relaciones humanas, con sus neuras y obsesiones, la mujer formada parte de su vida. No sólo dirigiendo a grandes actrices nórdicas como Maj Britt Nilsson, Harriett Andersson, Ulla Jacobsson o la propia Ullmann, con quien mantuvo un turbulento romance, o casándose en cinco ocasiones aparte su última compañera, Ingrid, sino también en lo temático. «El mundo de las mujeres es mi mundo», dijo en una ocasión. Formado en Historia del Arte y apasionado del teatro y de la ópera, dirigió más de 100 obras así como numerosas piezas para radio.
domingo, 3 de febrero de 2008
Stephen Hawking, su nombre me sabe a ciencia.

Terminó por suceder: Stephen Hawking se ha convertido en un escritor de un libro al año. No seré yo quien le critique por eso, si acaso me permito añorar la originalidad y el altísimo patrón de calidad de sus primeros libros, exigencias ahora postergadas en favor de la cantidad y la velocidad.
Breve historia del tiempo (1988) supuso el debut e inmediato pasaporte al estrellato del por entonces joven titular de la Cátedra Lucasiana de Matemáticas de Cambridge (la que ocuparan en su día Isaac Newton y Paul Dirac). En aquel momento Hawking amortizaba el trabajo realizado junto a Roger Penrose y Jim Hartle, y transitaba por la cumbre creativa de su carrera. Apuntaló a partir de la teoría de la relatividad la idea de que el universo había sido parido en una gran explosión inicial (Big Bang) y de que moriría consumido en el brutal caos interior de un colosal agujero negro. Poco después Hawking pudo demostrar que los agujeros negros más bien eran grises, pues emitían algo de radiación (radiación de Hawking, fue bautizada), y que era plausible que pudieran evaporarse.
Por si la esclerosis (se le diagnosticó a los 23 años y se le pronosticó una esperanza de vida de 2-3 años) que martirizaba su cuerpo no fuera suficiente, la prensa cargó a Stephen Hawking con otra pesada cruz: ser el sucesor natural de Albert Einstein. Aquello, tan exagerado como cruel, le lastró como científico (nadie puede aprobar semejante reválida) y le catapultó como divulgador (la publicidad estaba hecha, el mercado creado).
En 1989 Hawking recibió en Oviedo el premio «Príncipe de Asturias» de la Concordia. En eso justamente machacaría sus neuronas durante años: en buscar una formulación teórica que concordase la Teoría General de la Relatividad de Einstein con la Mecánica Cuántica, las dos torres que coronan la catedral de la física moderna y que tercamente se empeñan en contradecirse. Era el momento de sus apuestas más arriesgadas: conjeturó que el universo estaba sembrado de diminutos agujeros negros que andamiaban el tejido del espacio-tiempo desde el mismo instante de la creación, y propuso que tanto espacio como tiempo parecían ser finitos aunque sin fronteras, lo que superaba el terrible problema de la singularidad inicial, de un Big Bang al margen de las leyes de la física. Cuestiones cuánticas y cosmológicas (1993) recogía su furiosa búsqueda de respuestas en una apasionante colección de artículos y ensayos publicada junto a Penrose.
Pasaron casi diez años hasta volver a saber de Hawking en las librerías. En ese tiempo la ELA terminó por apagar hasta el último de sus músculos y dejarle sólo con la mínima movilidad de su cabeza y ojos. Recursos con los que a duras penas gobierna su computarizada silla de ruedas y sintetizador de voz. El universo en una cáscara de nuez (2002) fue un nuevo éxito de ventas. Sentido del humor, impacto gráfico y física excitante eran sus ingredientes y marcó el final de los libros largamente meditados y con alto nivel de originalidad.
Antologías y refritos
Casi de inmediato aparece A hombros de gigantes (2003), donde Hawking se limita a repasar las grandes obras de la física y la astronomía. Un buen libro de historia de la ciencia, si bien por primera vez Hawking firma una obra al alcance de un buen número de divulgadores. Con Brevísima historia del tiempo (2005), Hawking se conforma con actualizar y revisar su ópera prima. Como veinte años atrás, sólo se puede encontrar en el libro una ecuación: E=mc2. Dios creó los números (2006) es una nueva antología, en este caso matemática, que repasa los descubrimientos capitales en este campo, muchos de ellos capaces de cambiar la Historia.
Atendido uno de los juguetes favoritos de Hawking: Dios, llegó inmediatamente el turno de otro: las teoría de gran unificación. La teoría del todo (2007) insiste en el sempiterno problema del origen y destino del universo y repasa los méritos de las teorías candidatas a describir conjuntamente la gravedad y las otras tres fuerzas básicas de la física. Hace tiempo ya que Hawking es el científico vivo más conocido por el público. Esto provoca que su vida privada, matrimonial incluso, interese a la prensa, que sus conferencias sean presenciadas por reyes y príncipes que ensayan gestos de entender algo, y que su sintetizador de voz sea escuchado cual nuevo oráculo de Delfos: «La especie humana no desaparecerá en una guerra nuclear, sino barrida de la Historia por un virus».
La lista de premios que adorna su currículo impresiona. Tanto como luchó por obtener su doctorado (no fue el mejor estudiante imaginable), tan plácidamente fue recogiendo en dos décadas otros doce con el añadido «honoris causa». Nunca, sin embargo, participó en la carrera por un Nobel. Sus contribuciones a la física teórica, sin duda valiosas, no dan para tanto. Sus colegas científicos le aprecian y valoran su ciencia, pero no le adoran como hace el gran público.
Regreso a Asturias
La primavera traerá a Asturias a Stephen Hawking. En Avilés presentará a sus lectores españoles su último libro: George y su llave secreta del universo (La clave secreta del universo en castellano), apertura de una trilogía dedicada a los niños y jóvenes. Hawking monta en su nuevo bólido un motor que ya ha demostrado su condición ganadora. Lo hizo para la filosofía de la mano de Jostein Gaarder (El mundo de Sofía (1991)) o para las matemáticas con Denis Guedj (El teorema del loro (1998)).
Un niño cuyos padres recelan de la tecnología emprenderá la aventura de descubrir la física guiado por sus nuevos vecinos: Eric, un científico; Annie, su hija, y Cosmos, un superordenador gracias al cual puede viajar a través del tiempo y del espacio atravesando agujeros negros. Aromas harrypotterianos y un renovado sentido del humor (siempre inteligente y potenciado por las enérgicas ilustraciones de Gary Parsons) contribuyen a lo que sin duda será un exitazo de ventas. Escrito a seis manos (dos son de su hija Lucy Hawking, escritora y periodista; dos del francés Christophe Galfard, autor de una tesis doctoral basada en los trabajos de Hawking), George y su llave secreta del universo se anuncia dirigido a adolescentes (niños de 9 a 12 años) a los que tratará de mostrar la intrínseca belleza de la ciencia y la importancia de ésta para la supervivencia a largo plazo de la humanidad.
Hawking ha renovado su vinculación a Asturias a través del Centro Cultural Oscar Niemeyer (es miembro del patronato de la Fundación Niemeyer) y en marzo volveremos a disfrutar del honor de su presencia. Si su quebrantado cuerpo se lo impidiera, sería su hija Lucy la encargada de presentar el nuevo libro. En tal caso los admiradores del Hawking científico y del Hawking escritor nos entristeceremos, pero puede que no tanto como la cuadrilla de políticos que ya han reservado página en sus álbumes de fotos.
martes, 22 de enero de 2008
Tristeza
Por Georg Trakl
Traducción: Rodolfo Modern
La desdicha universal flota como un espectro por la tarde.
Barracas que por incultos jardincillos pardos huyen.
Pabilos fantasmales oscilan en el estiércol quemado,
dos durmientes se bambolean rumbo a la casa, grises y difusos.
Sobre el marchito prado corre un niño
y juega con sus ojos negros y lisos.
El oro gotea de los arbustos borroso y apagado.
Un viejo gira tristemente al viento.
Al atardecer, de nuevo sobre mi cabeza,
Saturno guía mudo un sino desdichado.
Un árbol, los pasos de un perro en retirada,
y negro vacila el cielo de Dios y deshojado.
Un pececillo se desliza veloz en el arroyo
y leve roza apenas la mano del amigo muerto,
y alisa con ternura su frente y su vestido.
Una luz despierta las sombras en los cuartos.
Traducción: Rodolfo Modern
La desdicha universal flota como un espectro por la tarde.
Barracas que por incultos jardincillos pardos huyen.
Pabilos fantasmales oscilan en el estiércol quemado,
dos durmientes se bambolean rumbo a la casa, grises y difusos.
Sobre el marchito prado corre un niño
y juega con sus ojos negros y lisos.
El oro gotea de los arbustos borroso y apagado.
Un viejo gira tristemente al viento.
Al atardecer, de nuevo sobre mi cabeza,
Saturno guía mudo un sino desdichado.
Un árbol, los pasos de un perro en retirada,
y negro vacila el cielo de Dios y deshojado.
Un pececillo se desliza veloz en el arroyo
y leve roza apenas la mano del amigo muerto,
y alisa con ternura su frente y su vestido.
Una luz despierta las sombras en los cuartos.
lunes, 14 de enero de 2008
González León, eterno.

Falleció el escritor venezolano Adriano González León
Este sábado 12 de enero falleció en Caracas el escritor venezolano Adriano González León, víctima de un infarto que sufriera a las 3 de la tarde durante un almuerzo en el restaurante Amazonia Grill, de la urbanización Las Mercedes, que frecuentaba en los últimos meses. Según el diario Últimas Noticias, aún a las 5 de la tarde se esperaba la llegada de un paramédico que certificara la muerte y permitiera el levantamiento del cadáver. Los restos de González León son velados hoy en la Funeraria Vallés de La Florida.
Nacido en Valera (Trujillo) en 1931, González León fue el autor de País portátil (Seix Barral, 1968), novela que en 2008 arribará a sus 40 años, y en la que narra la épica historia de la familia trujillana Barazarte a través de los recuerdos y vivencias del último de sus hijos, Andrés, un guerrillero urbano que debe atravesar Caracas para cumplir una misión. La obra obtuvo en 1968 el premio Biblioteca Breve y en 1979 fue llevada al cine por los realizadores venezolanos Iván Feo y Antonio Llerandi.
El escritor acababa de ver la edición en Venezuela de su novela Viejo, publicada por Alfaguara en 1995, y que recibió elogios incluso de Gabriel García Márquez, quien aseguró era “la novela que yo hubiera querido escribir”.
A los 15 años fue corresponsal del diario El Nacional en la zona andina y a los 24, ya graduado de abogado en la Universidad Central de Venezuela (UCV), donde además fue profesor de literatura, fundó con Guillermo Sucre, Edmundo Aray, Rodolfo Izaguirre, Efraín Hurtado y otros el grupo Sardio, que editó una revista del mismo nombre que difundía escritores de todo origen y de gran compromiso político.
El escritor, quien nunca ocultara su tendencia izquierdista, fue también un activo luchador contra la dictadura de Marcos Pérez Jiménez a principios de los 50. Más tarde colaboraría con revistas como Letra Roja y El Techo de la Ballena. El Nacional también le dio el premio del Concurso Anual de Cuentos de 1956 por “El lago”.
Sus primeras incursiones en la literatura fueron como cuentista, con las obras Las hogueras más altas (Buenos Aires, Goyanarte, 1959; Premio Municipal de Prosa 1958), Asfalto-Infierno y otros relatos demoniacos (El Techo de la Ballena, Caracas, 1963) y Hombre que daba sed (Jorge Álvarez, Buenos Aires, 1967), donde describía ambientes urbanos y campesinos sombríos y dramáticos.
Además publicó Damas (1979), De ramas y secretos (poesía; Rayuela, Caracas, 1980), El libro de las escrituras (serigrafías de Marco Miliani; Ediciones de Galería Durban-Arte Dos, Caracas-Bogotá, 1982), Solosolo (1985), Linaje de árboles (Planeta, Caracas, 1988), Del rayo y de la lluvia (crónicas poemáticas; Contexto Audiovisual-Pomaire, Caracas, 1991), Viejo (Alfaguara, 1995), El viejo y los leones (cuento para niños; Rayuela, 1996), Hueso de mis huesos (poesía; ilustraciones de Manuel Quintana Castillo; Rayuela, Caracas, 1997) y Viento blanco (Rayuela, Caracas, 2001), así como la antología de sus relatos, Todos los cuentos más Uno, publicada por Alfaguara en 1998. En 1978 había obtenido el Premio Nacional de Literatura y en 2003 el doctorado honoris causa de la Universidad Católica Cecilio Acosta (Unica), de Maracaibo.
En los años ‘60 es designado primer secretario de la Embajada de Venezuela en la República Argentina, donde adquiere vinculaciones valiosas. De vuelta a Venezuela trabajará como profesor de la Facultad de Economía de la UCV. Durante quince años mantendrá en el canal del Estado venezolano Televisora Nacional (canal 5) el programa Contratema, en el que pretendía, según dijo en una entrevista, “interesar a la gente por la literatura, demostrar que no es difícil con cierta malicia”.
A mediados de los ‘90 retornará al servicio diplomático como agregado cultural de Venezuela en España, país en el que volvería a la televisión, como colaborador y frecuente presentador del espacio Taller Abierto de la Televisión Educativa Iberoamericana.
En los últimos años había retomado su columna semanal en El Nacional, bajo el título “De ayer, de hoy y de siempre”. No dudó en compartir su experiencia con las nuevas generaciones, por lo que fue uno de los impulsores de la iniciativa “Escribas”, en la que dirigió cátedras literarias junto a otros destacados autores venezolanos.
Como un homenaje a su obra y a lo que representa en el universo literario venezolano, el PEN de Venezuela creó en 2004, en sociedad con el Grupo de Empresas Econoinvest y el Grupo Editorial Norma, el premio Bienal “Adriano González León”, con el propósito de difundir la obra de los novelistas venezolanos. El galardón fue obtenido en 2004 por Milton Quero Arévalo y en 2006 por Héctor Bujanda.
“Para mí es inconcebible”, dijo en otra entrevista más reciente, “que muchos compañeros con quienes construimos una idea de la izquierda venezolana hoy estén tan confusos y no hayan aprendido la lección brutal del fascismo, el nazismo, el gran engaño del estalinismo y, sobre todo, la construcción artificial de esas repúblicas socialistas, que no fueron sino países espantosamente sometidos y vejados”.
Fuentes: ABN • El Nacional • El Tiempo • Últimas Noticias
domingo, 13 de enero de 2008
Carlo Goldoni
Carlo Goldoni representa en Italia, y en la propia Francia, un papel semejante al de Molière en el siglo anterior, aunque Goldoni viene avalado, además de por las influencias molierescas, por la tradición de la «comedia dell'arte», contra la que reacciona proponiendo una comedia realista, alejada de los viejos estereotipos, aunque sin renunciar a algunos de sus elementos, como la caracterización de personajes secundarios según los esquemas tipológicos asentados y reconocidos por el público, y así Colombina es la camarera, Pantalón el comerciante, Balanzoni el doctor, Brighella el criado, y Arlequín el pícaro. Tal vez Goldoni no alcance la altura de Molière, pero ello no es inconveniente para que pueda ser considerado como uno de los comediógrafos más destacados del siglo XVIII. Aunque no fue por entero un hombre de teatro, como Molière, sino que en alguna ocasión ejerció como abogado y en 1739 ocupó el cargo de cónsul de la República veneciana en Génova, que abandona pronto, porque le ocasionaba muchos gastos, escribió mucho más que Molière, en italiano y en francés, y cultivó los géneros más variados, dentro del teatro. Autor de unas ciento veinte comedias, cuarenta dramas y tragedias y unos ochenta libretos de óperas, por encima de todo es comediógrafo, en la línea de las comedias latinas de Terencio, de las comedias realistas de Maquiavelo y Ariosto e incluso del teatro español clásico, cuya influencia no recibe directamente, sino a través de Molière. Su realismo es de carácter popular, espontáneo y alegre, y lo aprovecha para la crítica benévola de una clase social burguesa, entonces incipiente: en «La familia del anticuario», unos condes en bancarrota casan a su hijo con la hija del rico comerciante Pantalón, teniendo en cuenta que «el oro no puede ensuciar. Hemos nacido nobles, somos nobles y una mujer que entra en casa para servir nuestros intereses no corrompe la sangre de nuestras venas».
Carlo Goldoni nació en Venecia en 1707, procedente de una rica familia de Módena venida a menos. Su padre era médico, y muy aficionado al teatro, lo mismo que su abuelo. El ambiente era propicio para que escribiera su primera pieza teatral a los ocho años, y para que leyera muy joven a Aristófanes, a Plauto y a Terencio. Después de fracasar en un colegio de jesuitas, se fuga a los catorce años de un colegio de dominicos para seguir a una compañía de cómicos. Internado en un colegio de Pavia, es expulsado del colegio y de la ciudad por escribir una sátira contra las damas de la sociedad más encopetada. En 1727 es enviado a Padua para estudiar medicina por imposición paterna, pero llega una solución de compromiso y estudia leyes, estableciéndose como abogado en Venecia, donde tiene pocos clientes, por lo que ocupa sus ocios en escribir un «Almanaque satírico», el melodrama «Amalasunta», que fue rechazado por el actor al que le leyó, y el drama «Belisario», que en compensación tuvo gran éxito.
La situación política de Italia es agitada y Goldoni se desentiende de ella uniéndose a una compañía de cómicos, con quienes hace vida errante entre Milán y Verona. En 1736 se casa con la hija de un notario genovés. No era Goldino el yerno más adecuado para un notario: no obstante, Nicoletta Connio le acompaña en todas las peripecias que le tocaron vivir.
Su fecundidad y su facilidad para escribir teatro eran tan abrumadoras que en 1750 escribió diecisiete obras por una apuesta. En estos años alcanza la máxima popularidad, que empieza a decaer por la competencia de otros dramaturgos, principalmente Carlo Gozzi, por lo que en 1761 acepta la invitación del actor Zanizzi de marchar a París con un contrato por dos años y allí queda el resto de su vida. Vuelve a ser un autor de éxito. Introducido en ambientes cortesanos, llegó a ser preceptor de lengua italiana de las hijas de Luis XV. Luis XVI le asigna una pensión de 4.000 libras, lo que le permite vivir sin problemas. Muere en la calle de San Salvador de París en 1793, la víspera de que M. Chenier consiguiera que le fuera devuelta la asignación. Según Bufalino, la musa de Goldoni es el sentido común.
Carlo Goldoni nació en Venecia en 1707, procedente de una rica familia de Módena venida a menos. Su padre era médico, y muy aficionado al teatro, lo mismo que su abuelo. El ambiente era propicio para que escribiera su primera pieza teatral a los ocho años, y para que leyera muy joven a Aristófanes, a Plauto y a Terencio. Después de fracasar en un colegio de jesuitas, se fuga a los catorce años de un colegio de dominicos para seguir a una compañía de cómicos. Internado en un colegio de Pavia, es expulsado del colegio y de la ciudad por escribir una sátira contra las damas de la sociedad más encopetada. En 1727 es enviado a Padua para estudiar medicina por imposición paterna, pero llega una solución de compromiso y estudia leyes, estableciéndose como abogado en Venecia, donde tiene pocos clientes, por lo que ocupa sus ocios en escribir un «Almanaque satírico», el melodrama «Amalasunta», que fue rechazado por el actor al que le leyó, y el drama «Belisario», que en compensación tuvo gran éxito.
La situación política de Italia es agitada y Goldoni se desentiende de ella uniéndose a una compañía de cómicos, con quienes hace vida errante entre Milán y Verona. En 1736 se casa con la hija de un notario genovés. No era Goldino el yerno más adecuado para un notario: no obstante, Nicoletta Connio le acompaña en todas las peripecias que le tocaron vivir.
Su fecundidad y su facilidad para escribir teatro eran tan abrumadoras que en 1750 escribió diecisiete obras por una apuesta. En estos años alcanza la máxima popularidad, que empieza a decaer por la competencia de otros dramaturgos, principalmente Carlo Gozzi, por lo que en 1761 acepta la invitación del actor Zanizzi de marchar a París con un contrato por dos años y allí queda el resto de su vida. Vuelve a ser un autor de éxito. Introducido en ambientes cortesanos, llegó a ser preceptor de lengua italiana de las hijas de Luis XV. Luis XVI le asigna una pensión de 4.000 libras, lo que le permite vivir sin problemas. Muere en la calle de San Salvador de París en 1793, la víspera de que M. Chenier consiguiera que le fuera devuelta la asignación. Según Bufalino, la musa de Goldoni es el sentido común.
miércoles, 9 de enero de 2008
LOS DÍAS DE LA SEMANA
Algo tendrá el cielo, cuando el hombre ha clavado en él su mirada desde que se irguió sobre sus patas traseras poniéndoles el honorable nombre de piernas. Por lo muchísimo que se empleó en la contemplación del cielo, hasta sería legítimo suponer que éste fue el principal motivo por el que decidió levantar su cabeza del suelo y andar erguido.
El caso es que cuando necesitó asignar nombres a los días, decidió que habían de ser los astros que nos son más próximos quienes los presidiesen y gobernasen. Y por supuesto estos astros tenían el carácter de divinidades empezando por el Sol, que los presidía a todos.
Pero eso no fue siembre así: los babilonios dedicaron los siete días de la semana a siete divinidades, que no eran los siete astros, que tenían su propia entidad. Fueron los alejandrinos los que hicieron coincidir divinidades y planetas en la denominación (y por tanto en la dedicación) de los días de la semana.
Y fue probablemente a partir de que el número 7 representaba importantes realidades (como los 7 astros principales), la razón por la que acabó siendo considerado como número sagrado y afortunado tanto por los babilonios como por los demás pueblos de aquella área cultural, en especial los judíos.
De ellos hemos heredado la consideración de sagrado para el número 7. Ellos adoptaron también la semana de 7 días, y no precisamente de los egipcios, porque en esto parece que les llevaron delantera. Llama especialmente la atención el interés que puso la cultura judía en el asentamiento de la semana de 7 días.
Precisamente el relato de la creación se convierte en el patrón divino de la semana, forzando incluso el relato; porque siendo 8 las obras de la creación, Moisés reúne dos en el 3er día y otras dos en el 6º, para que se complete toda la obra en 6 días y quede el séptimo para descansar.
Del contexto bíblico se deduce incluso que todo el relato de la creación, y por tanto la semana, tiene como núcleo no los seis días de trabajo, sino el único día consagrado al descanso a través del culto a Dios. Ese día de culto era para los judíos el sábado, mientras para los cristianos fue el domingo.
Los clérigos de ambas religiones entendieron que aunque fuese el último en el relato bíblico, debía ser el primero en importancia, y por eso lo pusieron como el primero de la semana. Pero en nuestra lengua y en nuestra cultura seguimos iniciando la semana por el lunes y acabándola el domingo.
Incluso los ingleses, que empiezan la recitación de los días de la semana por el domingo (sunday), se contradicen al referirse como week end, fin de semana, a los días festivos de ésta (antiguamente, sólo el domingo, y luego, con el avance de la semana inglesa, ya hasta el viernes).
Es decir que en fin de cuentas siguen considerando el domingo como último día de la semana. En cuanto a los nombres, es evidente que los recibimos de los romanos con los de los astros (el Sol, la Luna, Marte, Mercurio, Júpiter, Venus y Saturno); y así los mantuvimos, exceptuando el sábado (sabbath = descanso) y el domingo (dies domínica = día del Señor).
La iglesia quiso proscribir los nombres de los dioses paganos, pero sólo lo consiguió en la liturgia, no en cambio en el lenguaje corriente: manteniendo los nombres de sábbatum y de domínica, a los demás días de la semana los llamó feriae: La feria prima, que tenía ya su nombre propio, era el domingo; el lunes se llamaba y se sigue llamando en la liturgia, feria secunda; el martes, feria tertia; el miércoles, feria quarta; el jueves feria quinta, y el viernes feria sexta.
Sólo el portugués ha conservado estas denominaciones. Son de notar las variaciones en algunas lenguas de nuestra cultura: el martes se llama en alemán dienstag (día de servicio –militar, es decir día de la guerra); al miércoles lo llaman los ingleses wednesday (día del dios Woden); en alemán lo llaman mittvoch (media semana); el jueves, que los romanos dedicaron a Júpiter tonante, es decir el dios del trueno, los ingleses lo llamaron thursday (día de Thor, el dios del trueno), y de forma parecida en otras lenguas nórdicas; el viernes, que antes de que dominase de nuevo el paganismo se llamó en toda España feria sexta, tiene en inglés el nombre de friday, y en alemán el de freitag (día de libertad, referido a la que se tomaba por ser el día de Venus, la diosa del amor); y el sábado lo llaman los alemanes sonn-abend (tarde o poniente del Sol).
Mariano Arnal [+] Articulos Buscador temático del Almanaque LÉXICO
El caso es que cuando necesitó asignar nombres a los días, decidió que habían de ser los astros que nos son más próximos quienes los presidiesen y gobernasen. Y por supuesto estos astros tenían el carácter de divinidades empezando por el Sol, que los presidía a todos.
Pero eso no fue siembre así: los babilonios dedicaron los siete días de la semana a siete divinidades, que no eran los siete astros, que tenían su propia entidad. Fueron los alejandrinos los que hicieron coincidir divinidades y planetas en la denominación (y por tanto en la dedicación) de los días de la semana.
Y fue probablemente a partir de que el número 7 representaba importantes realidades (como los 7 astros principales), la razón por la que acabó siendo considerado como número sagrado y afortunado tanto por los babilonios como por los demás pueblos de aquella área cultural, en especial los judíos.
De ellos hemos heredado la consideración de sagrado para el número 7. Ellos adoptaron también la semana de 7 días, y no precisamente de los egipcios, porque en esto parece que les llevaron delantera. Llama especialmente la atención el interés que puso la cultura judía en el asentamiento de la semana de 7 días.
Precisamente el relato de la creación se convierte en el patrón divino de la semana, forzando incluso el relato; porque siendo 8 las obras de la creación, Moisés reúne dos en el 3er día y otras dos en el 6º, para que se complete toda la obra en 6 días y quede el séptimo para descansar.
Del contexto bíblico se deduce incluso que todo el relato de la creación, y por tanto la semana, tiene como núcleo no los seis días de trabajo, sino el único día consagrado al descanso a través del culto a Dios. Ese día de culto era para los judíos el sábado, mientras para los cristianos fue el domingo.
Los clérigos de ambas religiones entendieron que aunque fuese el último en el relato bíblico, debía ser el primero en importancia, y por eso lo pusieron como el primero de la semana. Pero en nuestra lengua y en nuestra cultura seguimos iniciando la semana por el lunes y acabándola el domingo.
Incluso los ingleses, que empiezan la recitación de los días de la semana por el domingo (sunday), se contradicen al referirse como week end, fin de semana, a los días festivos de ésta (antiguamente, sólo el domingo, y luego, con el avance de la semana inglesa, ya hasta el viernes).
Es decir que en fin de cuentas siguen considerando el domingo como último día de la semana. En cuanto a los nombres, es evidente que los recibimos de los romanos con los de los astros (el Sol, la Luna, Marte, Mercurio, Júpiter, Venus y Saturno); y así los mantuvimos, exceptuando el sábado (sabbath = descanso) y el domingo (dies domínica = día del Señor).
La iglesia quiso proscribir los nombres de los dioses paganos, pero sólo lo consiguió en la liturgia, no en cambio en el lenguaje corriente: manteniendo los nombres de sábbatum y de domínica, a los demás días de la semana los llamó feriae: La feria prima, que tenía ya su nombre propio, era el domingo; el lunes se llamaba y se sigue llamando en la liturgia, feria secunda; el martes, feria tertia; el miércoles, feria quarta; el jueves feria quinta, y el viernes feria sexta.
Sólo el portugués ha conservado estas denominaciones. Son de notar las variaciones en algunas lenguas de nuestra cultura: el martes se llama en alemán dienstag (día de servicio –militar, es decir día de la guerra); al miércoles lo llaman los ingleses wednesday (día del dios Woden); en alemán lo llaman mittvoch (media semana); el jueves, que los romanos dedicaron a Júpiter tonante, es decir el dios del trueno, los ingleses lo llamaron thursday (día de Thor, el dios del trueno), y de forma parecida en otras lenguas nórdicas; el viernes, que antes de que dominase de nuevo el paganismo se llamó en toda España feria sexta, tiene en inglés el nombre de friday, y en alemán el de freitag (día de libertad, referido a la que se tomaba por ser el día de Venus, la diosa del amor); y el sábado lo llaman los alemanes sonn-abend (tarde o poniente del Sol).
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viernes, 4 de enero de 2008
Cioran

por Andreu Navarra
Adoro a Cioran. No lo puedo remediar, como español y, por tanto, como aprendiz de loco y persona inundada de poesía mística, nada cioranesco puede serme ajeno.
Cioran es para mí un ejemplo moral, el dandy inoportuno, el vago sin redención, la rebeldía absurda e irreductible con la que se pretende dar al traste con toda forma de vanidad. Quizás por temperamento personal me he sentido siempre muy identificado con su dulcísimo mal humor, con su poesía fundamental del dolor humano.
Cioran no pretende nada, es como charlar con un borracho en un café, por la mañana, cuando hace frío y la niebla lame nuestros tejados.
Releer a Cioran es para mí como pasear por el barrio en que crecí y di mis primeros besos, es retornar a mi círculo natural de negación. Transitar sus libros es renovar mis ganas de reír, significa volver y remozar mis ansias de demolición una vez alcanzada la aburrida madurez, en que la inercia (en cierto modo también dulce y estúpida) ha sustituido esas inefables ganas de suicidarse que a uno le embriagan a los dieciocho años.
Cioran murió de lo que deseó toda la vida: de imbecilidad. Como la posibilidad de suicidarse le consolaba, al final murió extremamente anciano de síndrome de Alzheimer. Su primer libro, En las cimas de la desesperación, no era más que su testamento. Empezó a redactarlo y le cogió el gusto a aquello de escribir y así fueron pasando las décadas de pensión en pensión, negándose a trabajar, considerando los imperativos sociales tales como tomar apellido o cobrar fama como manchas que mancillaban la pureza de su cinismo integral.
La historia de mi iniciación en Cioran no deja de ser curiosa. Una muy antigua novia mía se compró dos libros de Cioran aconsejada por un profesor de filosofía: "El aciago demiurgo" y creo que "La tentación de existir". Tras leerlos, no sé si en parte o enteros, esta novia me hizo jurar que jamás leería a Cioran, a lo cual accedí.
Después resultó que este profesor de filosofía era en realidad policía secreto, y un día que hacía footing y nos sorprendió dándonos el lote en una esquina del barrio, se despidió de nosotros gritando: "¡No leáis a Cioran! ¡No leáis a Cioran!". Era un señor regordete y simpático, cultivadísimo. La historia de su iniciación en Cioran sí que era verdaderamente curiosa:
Un día leyó a Cioran y decidió volarse la cabeza. Pero sin juegos, sin impostura, de verdad, era policía y disponía de una pistola cargada, solo le quedaba apretar el gatillo. Para llevar a cabo su idiota plan se fue hasta Andorra como peregrinando a la nada por última vez, para despedirse de algo o pasear, no sé, no me acuerdo. Se sentó bajo un árbol y sacó la pistola, y cuando lo iba a hacer sintió hambre y se fue a un restaurante que había cerca.
Allí le tiró los tejos a la camarera, que se ve que era muy guapa, y se casaron y tuvieron un hijo que hoy es uno de los mejores violinistas del país.
Todo esto es real como la vida misma, no me lo he inventado, lo prometo.
Y es que todo lo que rodea a Cioran es así: excesivo, descabellado, surrealista, idiota.
Encontré en un libro de Rafael Sánchez Ferlosio paralelismos evidentes entre la filosofía (o más bien el posicionamiento vital) de Cioran y el del ensayista madrileño. Ignoro si es casualidad o no, lo que me parece evidente es que el peinado de Cioran es más pintoresco que el de Sánchez Ferlosio, quiero decir que el rumano/francés va mucho más allá, se pierde en sus propias incoherencias, las explora, se regodea en ellas, se pierde en la luz difusa de la dispersión absoluta.
Para Sánchez Ferlosio el balbuceo paramístico del pensador crispado es un elemento casi racial, un componente de claro, consciente y hasta reivindicado origen castellano. Cioran examina la mística española, la degusta con buen paladar, explora las locuras deliciosas de los santos castellanos, se identifica con sus absurdos admirables y heroicos, siente el amor a la verdadera España, la ultrarrevolucionaria, la de los visionarios que heredan a través de los siglos la incongruencia radical de una personalidad ocultada bajo kilos de papel y ordenanzas, la España que transmite miedo y admiración a la vez y que alguna vez habrá que reivindicar.
El peligro o la seducción de la tiranía forma el capítulo más político (o "sistemático") de la obra de Cioran. Cioran es el verdadero Satanás que los enemigos del Posmodernismo se empeñan en ver en Derrida. Cioran y no Derrida es quien desea sembrar el caos, quien arrasa con todo y se jacta de ello. (Aunque en la práctica tampoco Cioran tiene aplicación práctica, a Cioran le importaba un bledo molestar o no, tampoco era el terrorista activo y conspirador que temen los españoles atemorizados por sus propios e inconfesados anhelos). ¿Por qué razón no se insulta a Cioran en España ni la mitad de lo que se insulta a Derrida? Quizás sea porque Cioran excita los puntos erógenos del lector español, y lo precipita hacia regiones en las que se siente cómodo: el abismo, la sima, la biblioteca polvorienta, la sexualidad desviada, el morbo de la santidad, y su estilo no es tan vistoso ni espectacular como el de Derrida.
Una vez se ha arrasado todo, surge el nihilismo desde el cual solo es posible pisotear, escupir, profanar, desgarrar, eyacular, guerrear, agredir, promover el desierto, la hoguera, la expurgación, la censura, la quema de libros, el erial mental, la subnormaliad, los personajes obscenos y los encefalogramas planos. Y a todos estos atributos solo se les puede unir bajo un denominador común que les da una etiqueta y una dirección: el poder. El poder como pasión, el poder como pulsión sexual descarada, tal y como la vemos en los rostros y los cuerpos de los políticos españoles y estadounidenses, en casos tipo Henry Kissinger, quien decía que el poder era el mejor afrodisíaco.
Cioran es consciente de que su filosofía puede engendrar fascistas, él no se esconde de esta posibilidad y reconoce que el peligro de la tiranía es la única aporía que podría llegar a preocuparle alguna vez.
Ahora bien, como Cioran no es un escritor o pensador preocupado por la sociedad (después de todo, qué le puede aportar o importar el progreso a un suicida, a un canallita lumpen de tres al cuarto), su reflexión sobre la seducción de la tiranía no se refiere al hambre de dominación que se da entre los integrantes de un pueblo, no trata de impedir que las estrategias de propaganda entronicen a otro Hitler, como efectivamente ocurre constantemente en las democracias occidentales, no se trata de ese tipo de problema, sino de su dimensión más íntima y ética.
La filosofía de Cioran no versa sobre los efectos del poder y sus discursos sobre las conciencias que se deben vigilar o coartar, como sí versarían las de Adorno, Habermas, Foucault, Jameson, Derrida y otros. Cioran habla de la seducción personal que el ejercicio del poder ejerce sobre todos nosotros, seres muy débiles, de nuestro apetito por convertirnos en monstruos obscenos y detestables.
¿Qué haríamos si saliéramos elegidos dentro del conciliábulo de generales golpistas? ¿Cómo se sienten los tiranos? ¿Somos cada uno de nosotros, tiranos de nuestro círculo más directo? ¿Renunciaríamos al poder absoluto si se nos brindara la posibilidad del mando sin límite? ¿Seríamos dignos emperadores? ¿Quién nos inspiraría, Marco Aurelio o personajillos como Napoleón III o Mussolini? ¿Corregiría ser el Rey Sol nuestras impotencias orgánicas?
¿Abdicaríamos, en definitiva? ¿Seríamos íntegros? ¿Rechazaríamos la oferta para vivir de manera auténtica, de forma acorde con nuestros ideales de paz y serenidad? O, de lo contrario, nos convertiríamos en una basura humana, un delito moral encarnado con tal de que nos lisonjearan, de que aplaudieran nuestras muecas de orangután entronizado?
De hecho en parte somos en potencia ese crimen de lesa humanidad ambulante. Esta es una dirección útil, educadora a regañadientes, de la filosofía de Cioran. El espejo delante nuestro nos muestra que no somos en absoluto distintos del monstruo de prepotencia, egoísmo y autoconmiseración enfermiza que reconocemos en los personajes que desfilan cada día por nuestros noticiarios y que protagonizan el esperpento trágico de la vida pública de una democracia europea actual.
Podríamos preguntarnos qué ocurriría si un libro de Cioran cayera en manos de algún ejecutivo agresivo o alguno de estos personajes detestables y con poder de decisión que realmente dirigen esta sociedad. Yo compré mi primer libro de Cioran (Breviario de podredumbre) en Lloret de Mar, conocido lugar turístico de la Costa Brava, en un puesto de supuestos libros intrascendentes para entretenimiento de las masas playeras entre las cuales yo figuraba. Desde entonces un estremecimiento recorre mi espinazo cada vez que veo una edición de bolsillo al alcance de cualquiera, de los niños, por ejemplo.
Quiero decir que esto podría suceder, que un horrible ejecutivo agresivo, de esos puteros y prepotentes, leyera a Cioran: ¿Se suicidaría? ¿Seguiría aferrado a su existencia miserable?
En fin, no seremos utópicos y creeremos que no.
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Texto, Copyright © 2007 Andreu Navarra.
Todos los derechos reservados.
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