sábado, 9 de febrero de 2008

Ingmar Bergman, entre la luz y la muerte.

El director sueco era un profesional minucioso con un genio especial para bucear en lo más recóndito de las relaciones humanas

Autor:
Miguel Anxo Fernández
Fecha de publicación:
3/8/2007

En la historia sentimental de la cinefilia de comienzos de los setenta, tan pegada al movimiento cineclubista y al circuito de salas de arte y ensayo, Ingmar Bergman ocupa lugar de privilegio. Con el valor añadido de que su obra se estrenaba en versión original subtitulada, algo que ahora se antoja un lujo asiático. La militancia cinéfila se nutrió de pasión con filmes de su primera etapa, como El séptimo sello (1956), Fresas salvajes (1957) y El manantial de la doncella (1959), de los años sesenta, como Persona (1966) o La vergüenza (1968), o de su momento de madurez, como Gritos y susurros (1972), Secretos de un matrimonio (1974), en algún caso superando la férrea censura franquista. Bergman se encontró con la muerte el pasado domingo en su isla de Farö, en Gotland, en medio del mar Báltico, en donde la aguardaba paciente después del fallecimiento en 1995 de su última compañera, Ingrid Karlevo von Rosen.
Era la muerte una de sus obsesiones vitales y artísticas. Al gran director sueco se debe la representación icónica de la muerte en El séptimo sello, de faz blanca y vestida de negro, ampliamente imitada en el cine posterior. Bergman se disponía a cumplir 90 años, aunque desde el 2003, cuando codirigió Zarabanda para la televisión sueca, ya se había despedido de las cámaras. Fue después de consagrarse internacionalmente con la bellísima Fanny y Alexander, por la que recibió varios Oscar, cuando Bergman optó por dedicarse a un cine todavía más personal y a recluirse gradualmente en su querida isla, en la que rodó buena parte de sus filmes desde que en 1960 realizara Como en un espejo y en la que residía desde 1966. Nacido en Upsala en 1918, y uno de los máximos impulsores de la Academia Europea del Cine en 1988, Bergman es uno de los cineastas más brillantes del siglo XX. Autor de 54 filmes que abarcan desde 1944, cuando dirigió las últimas escenas de Tormentos, hasta el 2003 con la mencionada Zarabanda. Escribió Truffaut en Las películas de mi vida (Mensajero, 1976) que «nadie se ha acercado tanto al rostro humano como Bergman. En sus [?] películas no hay más que bocas que hablan, orejas que escuchan, ojos curiosos, deseosos o asustados». Claro que detrás de ese trabajo había mucho más en palabras de su más estrecho colaborador, el gran operador Sven Nykvist que en sus memorias Culto a la luz (Ediciones del imán, 1997) cuenta que la «minuciosa planificación era, entre otros aspectos, lo que distinguía a Ingmar Bergman de la mayoría de realizadores. Por regla general exigía dos meses de tiempo para llevarla a cabo. Empezaba con la lectura del guión, en la que todos los responsables artísticos teníamos que estar presentes [?]. Además, repasaba el guión con cada uno: con el fotógrafo, el decorador, el figurinista, el maquillador. Nada quedaba al azar».
LAS RELACIONES
La luz y el color era otra de sus obsesiones. En cuanto al tema, aparte de su genio para la introspección y el buceo en lo más recóndito de las relaciones humanas, con sus neuras y obsesiones, la mujer formada parte de su vida. No sólo dirigiendo a grandes actrices nórdicas como Maj Britt Nilsson, Harriett Andersson, Ulla Jacobsson o la propia Ullmann, con quien mantuvo un turbulento romance, o casándose en cinco ocasiones aparte su última compañera, Ingrid, sino también en lo temático. «El mundo de las mujeres es mi mundo», dijo en una ocasión. Formado en Historia del Arte y apasionado del teatro y de la ópera, dirigió más de 100 obras así como numerosas piezas para radio.

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